una zona conflictiva

La pensión King, desde dentro

Los inquilinos del 5 de la calle Barcelona quieren salir de ahí. Sus vecinos más

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Manuel, en fase terminal, en su habitación del cuarto piso de la pensión King, en el número 5 de la calle Barcelona. Fotos: gustavo rivas

Si uno ve lo que hay fuera, dirá que lo de dentro será mucho peor. Se equivoca. Es mil veces peor. El número 5 de la calle Barcelona no es Fraggle Rock. Es un edificio de cinco plantas que no para de salir en los periódicos. Debe ser porque en el primero vive la célebre Tomates; en el segundo, cinco pobres; en el tercero, reside el acaudalado casero; en el cuarto, cinco pobres más y en el ático, tres. Toxicómanos casi todos.

No hace falta ir a la hemeroteca para recordar lo que ahí dentro pasó desde que la pensión King es lo que es, porque ahí dentro pasa de todo casi todos los días. Los vecinos de la calle Barcelona, hartos de vivir con el miedo pegado en la frente, decían ayer mismo que las peleas son habituales, los lanzamientos de botellas desde las ventanas también, y que las discusiones se escuchan en Riazor. Los aludidos le quitan hierro. Dicen que se exagera, que no hay problemas entre ellos, que están a lo suyo sin meterse con nadie.

Decir que es un edificio de apartamentos es como llamar yate a una chalana. Pero es la realidad. Se alquila por habitaciones. Sin preguntas, sin nóminas que presentar, sin más aval que decirle al inquilino: «Me quedo con tu cara». Las estancias son inmundas. Vean las fotos y digan lo contrario. Hay algunas que tienen una renta de 120 euros. Otra de 200. Y una, en la que duerme Daniel, 20 euros. ¿Es poco unos 60 céntimos al día? Si la ven, «es una puñalada». Juan Bustos, que es amigo del arrendatario y sabe de lo que habla, espeta que una celda es más confortable. Por lo menos, en Teixeiro hay ventanas.

Manuel se incorporó a esa comunidad de vecinos hace 7 años. Tiene sida desde hace 20, está en fase terminal y no lleva un céntimo en el bolsillo. Su habitación da a la calle y en invierno hace más frío que fuera. Pide un lugar mejor «para los tres días que me quedan». Así lo cuenta, textualmente, y sigue hablando tan tranquilo, con la sonrisa de medio lado. No les va mejor a sus vecinos. Muchos fueron de esos que se colaban en una casa, afanaban las joyas, el vídeo, el aparato de música y huían después dejándolo todo patas arriba. Ahora ya no se cuelan ni en un bus. Se meten heroína de tan mala calidad que lo mismo les pondría un café cargado.

Se pasan casi todo el día dentro, en sus habitaciones o en el portal, donde comen, beben y orina Luisa, confabulándose contra el destino y su mala cabeza. Quejándose del abandono al que fueron condenados. No tienen vergüenza ni pudor en enseñar sus estancias porque quieren denunciar que «esto no es vida ni sitio para dormir». Pero ese llanto no baja a la calle. Lo que baja son las bullas, los vasos volando y algún tortazo que otro.

Daniel, sentado en la cama de su cuarto, por el que paga 20 euros al mes
Daniel, sentado en la cama de su cuarto, por el que paga 20 euros al mes