El Noroeste más familiar

Cantó tras El Consorcio e hizo dúos con Rocío Durcal y Rocío Jurado, que fueron revividas en grandes pantallas


15/08/2009 02:00 h

Por su camisa de seda negra resbalaron las críticas que su concierto provocó. De silenciarlas se encargaron las 35.000 o 40.000 personas (según la organización) que se dejaron pisotear por el rebaño de las olas. «Fue el concierto perfecto», clamó un público entregado a su torrente de voz. Subió al escenario cuando faltaban 15 minutos para la medianoche y durante dos horas y media (el artista tiene 66 años) interpretó todos sus éxitos, los que sonaron de toda la vida en las casas del respetable, que lo había de todas las edades, aunque mayoritariamente entrado en años y algo inferior al del viernes.

Llegó al camerino de Riazor a las seis de la tarde, no pidió nada, solo que le dejasen tranquilo durante cinco horas, y solo salió cuando alguien entró y dijo: «maestro, su turno». Y estalló la apoteosis.

Su aparición sobre el escenario la precedió de pequeños videos de sus distintas etapas acompañados de tambores que anunciaban que algo grande iba a pasar. Y salió. De traje oscuro. Arrancó con su versión del poema de Machado Caminante no hay camino. Sobra precisar que cuando entonaba el verso golpe a golpe, el artista lanzaba unos puñetazos al aire. Igual que cuando cantaba creo en ti señalaba con su dedo a la rubia de sombrero. No paró quieto.

Sus incondicionales mostraban discos de cuando en la tele echaban Kung Fu. Sabían las letras y seguían la canción. Cada uno de los miles de admiradores que vieron ayer a Raphael se fue a casa convencido de que les miró uno a uno. A la tercera canción, el divo se cambió de ropa. Se quitó la camisa blanca y salió con una negra. Tan rico como un choco de la ría. Raphael es, básicamente, el artista que canta tanto Digan lo que digan como Toco madera o My way. Las canta, por supuesto, a lo Raphael: cuando agarra una canción entre sus mandíbulas, el Niño de Linares no la suelta hasta que la convierte en algo irreconocible, nuevo, raphaélico.

El éxtasis llegó cuando en una pantalla apereció la figura de Rocío Durcal y Raphael cantó junto a ella. Al concluir, como siempre concluye las canciones, parecía un torero tras un buen lance de naturales. Y la playa reventó en aplausos. A su público dedicó unas palabras. Les agredeció la oportunidad de cantar en «un paisaje tan maravilloso como el de A Coruña», entonando con fuerza el artículo en gallego, «para que luego digan».

Pero antes que él estuvo el Consorcio -ayer sí se respetó el programa-. Subió al escenario a las 10.15 horas y ahí estuvo hasta una hora después. También con sus mejores éxitos, sus versiones y sus canciones de la época de Mocedades. El público, que iba llenando el paseo y la playa, seguía las canciones de uno de esos grupos que entre ellos se pasan el hombro por la espalda como cuando se canta en una boda. Con el Eres tu levantaron el ambiente. Con el chachacha del tren lo revolucionaron. Y dieron paso al artista.

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