El Jefe está hecho un chaval

Bruce Springsteen, que arrancó con «A Rianxeira», le quitó las telarañas al Monte do Gozo ante 40.000 testigos. Decenas de personas acudieron a la comisaría para denunciar los problemas de organización


El acordeonista de Bruce Springsteen toca la Rianxeira como si hubiera nacido en Taragoña. Las diez y diez de la noche en el Monte do Gozo, difícil que el nombre de un recinto encaje tan bien en la sensación comunitaria que vivieron cerca de 40.000 personas.

El cielo estaba entre lusco e fusco cuando unos dedos abrazados al fuelle de un acordeón no defraudaron y abrieron el último concierto de la gira europea del Boss. La primera en la frente; si al público ya lo tenía metido en el bolsillo de antemano el de Nueva Jersey, el inicio no pudo ser mejor.

Después de un par de compases, sin más miramientos, Bruce apareció en el escenario y sonó un desgarrado: «¡Boas noites, Santiago!». Y se arrancó directamente, pertrechado por los maestros de la E Street Band, con Badlands.

Sin embargo, es imposible hablar del concierto de Bruce Springsteen en Santiago sin mencionar a la organización. Esta se mostró muy por debajo de las expectativas del público, y de su comportamiento. A pesar de ser 40.000 personas, los fans llegaron de forma ordenada y escalonadamente, y se encontraron que quienes tenían que ofrecerles el concierto lo hicieron casi todo mal. Vendieron -y regalaron- más entradas de las que podían y eso se noto. Está claro que el Monte do Gozo necesita una revisión urgentemente.

El primer tema que cantó Springsteen dejó en un segundo plano el lío que se montó en la zona B, cuando una marabunta de personas que habían pagado su entrada y que no conseguían llegar a ninguna zona del recinto que tuviera una visibilidad mínima, entraron en barrena y a punto estuvieron de tomar al asalto el espacio, reservado para invitados. Al parecer, en un momento dado se abrieron las puertas y se relajó el control de las entradas. ¿El resultado? Hubo seguidores con entradas que no pudieron acceder al recinto y se quedaron fuera. El enfado de decenas de personas se tradujo en gritos contra la organización. Al cierre de esta edición, unas 50 personas estaban en la comisaría de policía de Santiago presentando una denuncia.

Mientras, en el escenario, el Jefe preguntaba si había alguien vivo en Santiago, pregunta sobradamente respondida por una voz de 40.000 gargantas. Y sonó Out in the street cuando empezaba a cerrarse la noche. Y el saxo, ese saxo gemido por Clarence Clemons. La tercera fue Hungry heart, el clásico tema en el que canta más el público que el propio cantante.

Después de canciones como Out law pept o la que da título a su gira, Working on a dream, Springsteen chapurreó español: «¡Esta noche vamos a romper todo!». «¡Con música, con espíritu!». «¡Esta noche vamos a hacer mucho ruido!». Y caña, caña, caña.

Poco antes de las once de la noche, el público ya estaba tan entregado que el Boss podría haber cantado una de Pimpinela sin temor a lo que lapidaran. Bruce acabó su gira europea con la misma fuerza con la que arrancó, con la vitalidad envidiable de un tipo que cumplirá sesenta tacos el 23 de septiembre.

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