Una visita que te puede cambiar la vida

EL PUPITRE SE MUDA AL HOSPITAL Alumnos de bachillerato entran en el Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña para aprender, en vivo y en directo, de qué materia está hecha la ciencia. ?

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06/05/2017 05:05 h

«Pero si es como los huesos del caldo, mujer!» desdramatiza Tamara Hermida, la bióloga que, guantes en ristre, muestra la cabeza de un fémur y un trozo de rodilla. Sí, sí, en vivo y en directo. Es la clase más práctica y, seguramente, la más convincente para la chavalada que, ojos como platos, no pierden detalle a pesar del repelús. «Que a nadie le dé el yuyu y se me vaya a desmayar aquí», sigue bromeando la didáctica y dinámica maestra que, por una tarde, se ha convertido en profesora para mentes jóvenes que, en meses y a las puertas de la universidad, han de decidir qué camino tomar.

Están en el Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña (Inibic), un edificio gris por fuera, situado al lado del hospital materno infantil Teresa Herrera, pero en cuyo interior bulle la ciencia. Los espectadores, vestidos de verde quirófano, son estudiantes de bachillerato, en este caso del colegio Calasanz, que por un día dan clase de biología... en el hospital. ¡Qué mejor laboratorio! Ojo, no es una excursión del cole, aunque el recorrido permite descubrimientos como que hay prótesis de cadera ¡de color rosa bebé! Al margen de la anécdota que, obviamente, despierta el ágil comentario de la ocurrente concurrencia, aprenden mucho estos chicos, para quienes se deslizan mensajes capitales entre hallazgos científicos.

Como el lanzado por la viróloga Eva Poveda, que repasa la historia y los avances del VIH sin desaprovechar la ocasión para hacer prevención sobre protección, y algo más: «El sida es una enfermedad crónica, pero es importante coger al virus cuanto antes: si tenéis prácticas sexuales de riesgo, ¡haceos la prueba!». El cuadro docente para esta clase más práctica imposible de biología lo forman otros profesionales del Chuac, todos vinculados al Inibic, que no ocultan cuánto agradecen que el bullicio despierte al laboratorio con la entrada de la ruidosa savia nueva.

DE PROTEÍNAS A GENES

Tamara los aproxima a huesos y tejidos y les descubre las células a través de los macromicroscopios, que, claro está, poco tienen que ver con el aparato disponible en el cole «un poco ortopédico», en palabras de Michelle, que hace cola para sentarse a comprobar la diferencia entre las células del cartílago, los condrocitos, y las de la médula ósea. Por si acaso quedan dudas de que unas son redondas y pequeñas, más gorditas, en resumen, y las otras mas alargadas, Tamara dibuja un croquis en su guante entre indicaciones a unos y otros para que se sienten derechos al microscopio: «¡Vamos a tener una generación de jorobados!», riñe entre bromas antes de advertirles que van a ir más allá de las células. La parada siguiente es la proteómica, el universo de las proteínas al que se acercan los muchachos de la mano de Patricia Fernández y Valentina Calamia, mientras que Ignacio Rego se encarga de hablarles, y enseñarles, ese material definitorio de ADN y ARN, del que está hecho la vida: los genes.

Los chicos ­-mejor digamos chicas, son aplastante mayoría- se van soltando. Se les nota más relajados a medida que pasa el tiempo, cuchichean entre ellos, preguntan e incluso comparten alguna que otra inquietud, sobre todo con la tutora, Sabela Pita, toda una filóloga al frente de una clase de ciencias que disfruta tanto o más de la visita.

«Aquí la mayoría queremos ser médicos -cuenta Michelle, todavía medio escéptica- ¡Por querer! Soñar es gratis, ¿no?». Mimbres, parece, no le faltan. Quién sabe si a la vuelta de unos años no será ella la que dé la clase práctica vestida de bata blanca.

«Mira si gusta que esta es una actividad que se hace fuera del horario escolar, y todos se apuntan. Eso quiere decir algo», resume el profesor que descubrió la posibilidad de llevar las clases de biología a su epicentro, Luis Parada. Agradece una y otra vez haber encontrado una fórmula nueva, infalible para captar la atención y capaz de derrotar cualquier desgana, un antídoto frente a la habitual indolencia adolescente. «Esto ha sido un descubrimiento, yo no sabía que había esto aquí», resume un docente que conoció hace cuatro años en una actividad de formación continuada la existencia de un lugar de microscopios, muestras, probetas, tubos de ensayo, espectrómetros... y mucho más. «Claro que les hablo del sida en clases, pero aquí pueden preguntar directamente todas sus dudas a quienes se lo saben todo y pueden darles todas las respuestas», se explica el maestro. No se lo pensó y decidió que no estaría mal cambiar el aula de escenario. «Salen encantados, hay quien repite», resume. Como Celia: «Lo tengo claro, yo quiero hacer biomedicina y no tenía ni idea de que en A Coruña había esto: todo lo que quiero ser está aquí, a mi alcance, no tengo que irme a Alemania o Francia». Es, obviamente, una de las deslumbradas desde el minuto cero, y también de las que la visita no ha hecho más que reafirmar una vocación. Coordinadas desde el gabinete de comunicación del Chuac, las visitas con clase práctica de biología casi siempre se prolongan más de lo previsto. «Acaban de llamar a casa para pedir quedarse un rato más», explican cuando ya van dos horas largas de recorrido por las tripas de la investigación. Como los alumnos de ciencias de Calasanz, también pasan por el Inibic chicos del Hogar de Santa Margarita, el Liceo La Paz, el Moncho Valcarce de As Pontes... unas visitas que «pretenden despertar y fomentar la curiosidad científica entre los más jóvenes», explica el director del Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña, Francisco Blanco. Sabe, como el resto de los muchas veces anónimos descubridores de las claves para curar, que para captar el interés pocas cosas convencen más que ver la vida latir.

La traca final de la visita, el efecto más espectacular, corre a cargo de Aberto Centeno, que les muestra los avances en tecnología clínica en el Centro Tecnolóxico de Formación, un espacio habitualmente de acceso restringido a profesionales donde los estudiantes acceden a simuladores de última generación y, a menudo, pueden ver cómo los cirujanos realizan cirugía experimental. Sí, sí, en vivo y en directo.

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