Los 115 años de la tragedia de O Ézaro

Ocurrió en enero de 1902: una veintena de personas cruzaban hacia O Pindo en una lancha que zozobró. Fallecieron ahogadas 23, la mayoría mujeres


carballo / la voz

En enero de 1902 ocurrió una de las mayores tragedias que se recuerdan en la Costa da Morte en el siglo XX: 23 personas fallecieron ahogadas cuando cruzaban de O Ézaro hacia O Pindo. Lo hacían en lancha, como era habitual, al mando de un barquero que cobraba una tarifa determinada por persona. Algo que parece de otros tiempos, pero ocurrió hasta el inicio de los años 50. El día 5 de enero embarcaron numerosas personas, la mayor parte mujeres, que se dirigían hacia Carnota, de vuelta de ir a vender a Cee, «Zozobró la embarcación por un falso movimiento del pasaje, y la confusión y el pánico que entre ellos sobrevino ocasionó la muerte a 23 personas», según los primeros datos, y que fueron publicados al día siguiente por La Voz de Galicia. «Fueron extraídas del río unas 17, de ellas tres hombres, y las restantes, mujeres, y se dice que el número de víctimas llega a 23. El barquero pudo salvarse, pero en bastante mal estado».

En los días siguientes se publicaron más informaciones. Entre ellas, las declaraciones del diputado a Cortes por Muros, Eugenio Montero Villegas, al respecto de la necesidad de construir un puente. Después se recogerían las del parlamentario por Corcubión, Sanjurjo N. Pardiñas.

El eco del desastre llegó hasta Madrid. Para el día 21 de aquel mes se anunció la celebración, en el Teatro Real de la Zarzuela, de una función, «con cuyos productos se atenderá a las familias de las víctimas», señalaba el periódico. Un acto caritativo que fue impulsado por el mismo diputado, ayudado por una «junta de damas. Figuran en ella las marquesas de Elduayen, Ayerbe y Pozo Rubio, la condesa de San Román y las esposas de los diputados señores García Prieto y de Federico». Más en detalle, según se lee en otra página de esos mismos días: «Montero Villegas trabaja para la celebración en Madrid de un beneficio en favor de las familias de las víctimas, que dará seguramente buenos resultados, y unido su producto al de las suscripciones que se hagan vendrán a servir de alimento a los infelices huérfanos, pobres todos, algunos de los cuales han quedado en la lactancia. Aun las mujeres solteras que han fallecido dejan a sus ancianos padres desamparados, porque la mujer en estos pueblos, trabajadora en extremo, es el sostén de la casa. Los padres de una de las mujeres fallecidas hace cuatro meses que perdieron un hijo, muerto de una puñalada, y quedaron completamente desamparados».

Ese festival solidario en la capital se celebraría «con gran brillantez». Esta es parte de la crónica: «El teatro presentaba un aspecto soberbio. Todas las localidades estaban ocupadas por lo más selecto de la buena sociedad de esta corte. El palco del Gobierno ocupábanlo los señores ministros de Marina e Instrucción Pública. En otros estaban las damas que formaban la junta organizadora del festival, y en el resto se veían las más significadas familias de la aristocracia. Sonó La Tosca, cantó la primadonna Matilde de Lerma y el barítono Blanchart. Ambos cosecharon muchos aplausos. «Los ingresos rendidos por el espectáculo, aunque todavía no son en resumen conocidos, créese que son de importancia».

La tragedia daría para muchas crónicas. Incluso en septiembre, que fue cuando Villegas acudió de nuevo a la zona para repartir el dinero recaudado, 5.191 pesetas. Lo hizo en Muros, en presencia de otras autoridades y del cura de O Pindo.

En los escritos no se especificaba el lugar de las víctimas. Para eso hay que recurrir a la memoria que aún queda en la localidad. La octogenaria María Casais escuchó el relato a su madre muchas veces, y lo que le transmitió es que eran de Carnota. Probablemente, de varias parroquias, desde O Pindo hasta Lariño, puede que también más al sur, en Louro y otros puntos de Muros. Sí tiene claro que «viñan de Cee de vender», y que se ahogaron al no saber nadar.

María sí recuerda perfectamente el paso de la barca, más hacia el interior de donde se construyó el puente. De antiguo, le llamaban a esa zona Area de Mioghas, pero le acabó quedando «O río do Barco». En las crónicas, por cierto, siempre se habla del río Ézaro, no del Xallas. Era lo habitual entonces.

El accidente hizo ver la necesidad de construir un puente, pero aún tardaría medio siglo

 

Comenzaba el siglo XX y, tras la tragedia, se sucedieron las declaraciones y crónicas sobre la necesidad de construir un puente para dar seguridad al tránsito. Una de ellas, del 13 de enero de 1902, a los ocho días de la tragedia: «Los diputados a Cortes Montero y Sanjurjo, luego que tuvieron noticias telegráficas del triste suceso, fueron a comunicárselo al ministro de Agricultura y Obras Públicas, al objeto de convencerle de la urgente necesidad de proceder a la construcción de un puente que evite el constante peligro que evite el diario paso de viajeros entre el distrito de Muros y el de Corcubión en las condiciones que viene efectuándose. Parece ser que salieron bien impresionados de la conferencia».

Pero los vecinos tendrían que esperar bastante, nada menos que al 12 de septiembre de 1951, el día en el que se inauguró la infraestructura. No fue fácil. Recordaba la vicisitudes, en un artículo en 1983, el que fuera diputado Emilio González López. El ingeniero encargado del proyecto (también lo fue del de O Pedrido), aragonés, le había contado esos problemas: el primer contratista tuvo que abandonar la obra antes de la primera Guerra Mundial, por no hallar base firme para los pilares, solo arena fangosa, y el segundo, después de la guerra, lo mismo: ya tenía esa base firme, pero los precios de los materiales habían subido desorbitadamente. González animó al ingeniero a que presentara un proyecto, que finalmente le aprobaron. Tuvo mucho que ver otro ingeniero, de A Fonsagrada (Cándido Fernández, que había sido pastor analfabeto: un prodigio), que estaba en el Consejo Superior de Obras Públicas.

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