La Expo de Zaragoza nació en la cocina de una gallega


Si Lucas no hubiese muerto a los 19 años, Zaragoza no estaría hoy a punto de inaugurar su Expo 2008. El gran proyecto que se abrirá dentro de un mes, y que estará dedicado al agua como bien universal, tuvo su origen a finales de los noventa en la mesa de la cocina de la ourensana María Milagros Rodríguez, en torno a la cual ella y su marido, el arquitecto urbanista Carlos Miret, trataban de digerir una tragedia personal.

Uno de los tres hijos del matrimonio, hemofílico, igual que una parte de los hombres de la familia, había sido contagiado de sida en un hospital de Zaragoza por una transfusión con un derivado de sangre contaminado. Todos desconectaron del mundo para acompañarlo hasta que, pocos años después, en 1996, murió. «Tras la muerte de mi hijo, mi marido se hundió y como arquitecto se derrumbó ?-recuerda ahora Milagros-. Soy psicoanalista y sé, porque lo oigo todos los días en la consulta, que si él se destruye se destruye todo a su alrededor, así que le propuse que hiciera algo por su hijo y por nuestras otras dos hijas, un reto, como subir el Everest».

En lugar de enfrascarse en una larga batalla de demandas judiciales que nunca le iban a devolver lo que ella quería, optó por la vía de «crear y construir».

Una noche, en torno a la cena, sugirió a su marido que pusiera en marcha una Expo en Zaragoza aprovechando el tirón de la candidatura de Juan Alberto Belloch a la alcaldía de la ciudad. «Pensé que él, siendo ministro y viniendo de Madrid, no querría ser menos que Maragall y sus olimpiadas o que el alcalde de Sevilla y su Expo», intuyó esta psicoanalista de Pobra de Trives y afincada a orillas del Ebro desde hace tres décadas («pero mi alma está en Galicia», aclara).

«Empezó a darle vueltas, a caminar por el pasillo, y vi que se ilusionaba por el proyecto. Dijo inmediatamente que una Expo como la de Sevilla no era posible, pero sí una como la de Lisboa», cuenta. La terapia recetada puso la primera piedra de un proyecto que convenció a los políticos, aunque «tampoco ha sido un camino de rosas».

Carlos Miret puso en marcha en el verano de 1998, con gran esfuerzo e impulsado por la necesidad de salir adelante, esta idea que ahora está a punto de llegar a su fin. «Toda la familia hemos salido adelante, seguimos trabajando y no nos hundimos, ni nosotros ni las dos hijas preciosas que tenemos», dice Milagros.

Ella y su marido, que comparten sus vidas desde los 17 años, tienen el registro de la propiedad intelectual de la Expo de Zaragoza, que cedieron a la ciudad por un euro. «Yo dije que me conformaba con que un lago del recinto se llame Lucas», afirma medio en broma sin saber aún si podrá ver cumplido ese deseo.

Ahora, ante la inminencia de la inauguración, prevista para el 13 de junio, es la impulsora de la idea quien lleva peor el final de este «tratamiento». Está «emocionada, pero también muy inquieta» por sus sentimientos contradictorios. «Me siento muy querida aquí, pero estos días me siento más cerca de Galicia», afirma. Siente que, en el fondo, la Expo 2008 es el legado que deja su hijo a la ciudad de Zaragoza. Y cuando la fiesta y el boato terminen, se refugiará unos días con su madre en su tierra natal.

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