Ana García-Heras Martin, Delegada diocesana de Pastoral de la Salud
En el Evangelio del segundo domingo del tiempo ordinario, recientemente iniciado, Jesús preguntaba a aquellos que querían seguirlo: «¿qué buscáis?». Si hoy se nos hiciera esa pregunta, quizás habría que decir: «¿qué deseáis?». Y casi instantáneamente la respuesta sería con toda seguridad: la salud.
El hombre de hoy ha convertido la salud en valor absoluto, por eso la busca apasionadamente. Se habla mucho de lo que es bueno, de lo que es saludable, conocemos y buscamos todo lo que se pueda hacer para mantenernos con buena salud, etc., lo cual es importante pero no está a nuestro alcance al cien por cien por más consejos, «PPs» y demás medios que tengamos para conocer lo que conviene más a nuestro cuerpo. Además no solo se busca la salud, también el aparecer siempre joven, la estética, como si siempre fuese a funcionar la relación o el binomio «salud ? juventud».
La otra cara de la moneda de la vida es irremediablemente la enfermedad. El anhelo de obtener la curación de las enfermedades es tan antiguo como la aspiración a la existencia y a la felicidad. Parece evidente que el hombre de hoy busca apasionadamente la salud y la curación de las enfermedades, y es bueno el trabajo de investigación y el avance de las ciencias de la salud. Pero quizás de lo que está más necesitado el hombre de hoy es de «salvación». Aunque no esté de moda la palabra salvación y se piense que no tenemos nada de que ser salvados?.
Este año la Campaña Mundial del Enfermo, que precisamente comienza el 11 de febrero, día de nuestra Señora de Lourdes, se no propone un tema que puede servirnos para reflexionar en profundidad sobre dónde y cómo buscamos la salud, y la necesidad que el hombre tiene de sanación. No solo de ser curado físicamente sino de seguir el itinerario que supone «curación ? sanación ? salvación», que va desde lo físico, a lo psicológico hasta lo espiritual. El tema de la Jornada Mundial del Enfermo de 2012 es precisamente «la gracia especial de los sacramentos de sanación», con el lema que acompaña «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» (Lc 17, 19).
Este tema es una oportunidad para valorar el don de la fe y su poder salvífico y curativo, descubrir que la fe tiene una dimensión sanante, que es la fe- confianza. En el don de la fe el ser humano se abre a la fuerza curativa y salvadora que proviene de Dios, que se ha manifestado en Jesús de Nazaret y actúa en el interior de la persona.
No se trata de una superstición engañosa o de un supermercado donde se busca ansiosamente el lugar, santuario o ritual que haya que realizar para ser curados, sino de la dimensión más profunda de la persona como es el ámbito espiritual y de fe.
No deja de ser sorprendente la valoración que hacen las personas, quizás a nuestro parecer ajenas a la fe o a la religiosidad, de la importancia de este aspecto y de la relación que hay entre lo espiritual y el afrontamiento de enfermedades más o menos graves. Es un tema cada vez más estudiado por los responsables de unidades de cuidados paliativos y que no deja, por tanto, de tener una importancia decisiva en las vicisitudes más cruciales de nuestras vidas.
Es lo que, una mujer y madre de familia, Ángeles, puso por escrito relatando su experiencia de enfermedad: «mi vida dio un giro de noventa grados, es como nacer de nuevo. Aprendo a relativizar todo, le doy más importancia a las pequeñas cosas, a lo cotidiano? La enfermedad me ayudó a reconciliarme con todo aquello que me quitaba la paz y la libertad. Me siento feliz, con ganas de vivir, de amar y de hacer el bien».