De cómo se estiban y venden derechos


En los últimos meses, un debate laboral ha venido repicando como el tictac de un reloj despertador en el Congreso de los Diputados que, más que cumplir la función del corriente aparato doméstico, se ha convertido en una auténtica bomba de relojería capaz de dinamitar esta incierta legislatura. Con la todavía más incierta duda de quién será el encargado de activar el pulsador. Les hablo del decreto ley destinado a regular -más bien liberalizar- la actividad de la estiba portuaria. Una vieja demanda de la Unión Europea, desempolvada ahora después de tres años, que conlleva una sanción económica diaria por incumplir una sentencia judicial.

El asunto ya empieza a tener trasfondo suficiente para que la TVE se plantee crear su propia versión de la serie estadounidense The wire, pero empezando directamente por la segunda temporada que retrata la corrupción en los puertos de Baltimore. Hasta tendrían bagaje y documentación suficiente para rellenar capítulos especiales y de cómo se hizo si empiezan a tirar de sucesos similares como la situación de los mineros. Incluso podrían colar a los controladores aéreos, como otros de los grandes privilegiados, que a causa de su egoísmo hacen que el país se tambalee económicamente. Quedaría pendiente para otro momento hablar de los aeropuertos sin controladores, aviones, pasajeros...

Una vez más, los ávidos lectores creerán que se la estoy colando y que qué tiene que importarnos a nosotros un asunto que solo afecta a los grandes puertos como el de Vigo o Algeciras. Pues importa por los comentarios que he venido escuchando en las últimas semanas y otros que me trasladaron amigos que trabajan en el ámbito de la descarga de pescado. Soy consciente de que las condiciones salariales y derechos con los que cuenta un estibador pueden parecerles ciencia ficción a la mayoría de trabajadores que también ejercen de malabaristas cada fin de mes. Precisamente, el apoyo que el Gobierno no obtuvo en las Cortes, sí ha fructificado en la calle en forma de «¿por qué tengo que partirme yo la espalda por cuatro duros, mientras ellos ganan ese dineral?».

Claro que os partís la espalda y negarlo sería obviar la evidente precariedad laboral. Pero lo que no logro entender es por qué no se quejan de los motivos que encendieron su lumbalgia y sí gastan saliva en clamar contra los estibadores. Me decía uno de mis compañeros que si tan difícil era entender que lo más positivo sería la equiparación de condiciones laborales de abajo a arriba y no a la inversa. Mas esta siempre ha sido una tierra en la que todo se puede explicar con refranes y el último que me viene a la cabeza es ese de mal de muchos, consuelo de tontos.

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