LA SEMANA DE...

La insoportable levedad del ser... político

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Hace unos días, mientras visitaba la desnudez pétrea del monasterio de Santa María de Sobrado (A Coruña) -impresionante monstruo cisterciense que brotaba en la escasa luz de un anochecer lluvioso- volví a darme de bruces con el simplismo ramplón de nuestros responsables públicos. Porque una puede ser creyente o no. Pero con total seguridad es admiradora de cualquier expresión que ofrezca un sentimiento puro a través de una obra de arte. Y aquí había de lo uno y lo otro. Piedras que hablan del origen de Europa, por aquel entonces crisol de ideas y cruce de caminos culturales. Nada que ver con la Unión Europa de los mercaderes, de los fariseos puntocom. Piedras que mantuvieron la llama del saber durante siglos. Un conjunto que ahora languidece víctima de una terrible enfermedad: una sociedad sin memoria que reniega de su pasado.

Al pisar los charcos de agua que hay en su interior, al observar las hiedras y demás vegetación que taladran su esencia, se me hincha la vena, aprieto los puños y se me hiela el ánimo. La cicatería para mantener nuestro patrimonio es la culpable de este abandono, solo vende lo nuevo aunque no tenga sentido o fin.

De aquí a tener la certeza de que por la parte hemos perdido todo, un paso. La megalomanía de un líder en su ocaso, el amiguismo de la bicefalia conversa después y la cobardía actual acabaron por inventar una ciudad de la cultura y sentenciar el país de las culturas. Una bestia de mil cabezas que todo lo devora condenando a muerte por inanición a cuanto la rodea. Unos años de ignorancia liquidan siglos de saber y expresión artística sublime, que irán cayendo por falta de medios.

Adiós catedrales, adiós castros y dólmenes. Adiós petroglifos e iglesias pequeñas. Adiós vista de nuestros padres que a nuestros hijos negaremos. Justo resultado de una época en la que puede ser político y tener responsabilidad pública el mayor estúpido o zafio, sin consecuencia alguna por las barbaridades que perpetre. Y que si por un casual la hubiere, presto estaría el capote del indulto discrecional.

Este patético logro, de varios gobiernos, constituye también otro ejemplo de que la única corriente cultural de éxito en la actualidad es la del pelotazo. Cada vez que en España algún político demagogo ha lanzado un gran proyecto indefinido, de los que valen para un roto y para un descosido, cuyo principal valor es reunir detrás de sí a una troupe de vividores, ladrones y gentes de mal vivir, se ha convertido en un agujero económico insondable. Una barra libre donde todos mojan los dedos en la salsa y por tanto no les interesa cortar.

Cada día lo comprobamos al descubrirse un nuevo caso. A poco que se investigue salta la liebre. Esta realidad diaria está generalizado una frustrante sensación: mañana será peor que hoy pero mejor que pasado mañana. De una caída libre hasta el infinito. Si le sumamos la difícil situación económica y casi seis millones de personas desempleadas, poco espacio queda para la ilusión.