MAXIMALIA

Contra libros, hamburguesas

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La emblemática librería cierra y en su lugar abrirá un Mc Donald?s
La emblemática librería cierra y en su lugar abrirá un Mc Donald?s

La librería Catalònia de Barcelona iluminó casi un siglo la Ronda de Sant Pere con su lamparita de aceite mediterráneo encendida en medio de las tinieblas que como cortinones de agua sucia separan los escenarios preñados de cultura del patio de butacas en el que conviven la ignorancia, la blasfemia, el homicidio y las pistolas. Ochenta y ocho años sembrando futuras cosechas de versos y prosas en todos los idiomas e informando de cualquier conocimiento que el alma humana pudiere desear, van a volcar su agua viva en el detritus fecal, en el lodo pestilente que, desde el principio de los tiempos, se mantiene en ebullición en el ombligo de los vertederos, acechando como un dios buitre las últimas fronteras, la postrera muralla que el espíritu opone a la furia letal de la brutalidad.

La librería Catalònia se fundó en 1924 e iluminó como tantas otras en el mundo, la ribera de los ríos sobre los que comenzaron a navegar barquitos de papel que poco a poco se fueron transformando, llegadas las aguas a la mar, en grandes veleros y pailebotes que unieron continentes con islas, hielos desolados con junglas impenetrables y alborotadas cataratas con tranquilas lagunas profundas y misteriosas como las mentes de quienes se dejaban traspasar por tanta belleza.

Así, precipitada desde las fuentes del cielo de los poetas, nevó sobre la tierra el maná con el que nos alimentó La Catalònia y tantas otras librerías. El pan de papel, el libro que posee como cita el Apocalipsis en la Biblia, un sabor dulce como la miel. Así la tinta refinada pasó a nuestras venas y sobre los campos de nuestra sangre cabalgaron el Amadís y el Quijote. En los meandros de los capilares conversaron Lope, Molière y Shakespeare y debatieron largamente, Platón, Descartes y Kant. Se rieron de si mismos Góngora y Quevedo e intercambiaron poemas, el Arcipreste de Hita y Lorca.

Más allá, en las lagunas donde la sangre se contiene antes de invadir como una hidra el cerebro, Marx y Engels rodeados de alumnos arriesgaban sus teorías mientras el viejo Einstein garabateaba jeroglíficos sacando la lengua para que el último gesto de su burla sobresaltase la plácida ceguera de Homero, la terca sordera de Beethoven y el melancólico perfil de la mano derecha de Chopin.

Colgados de los andamios de la válvula mitral, Miguel Ángel y Picasso discutían sobre el genio de Van Gogh y, más abajo, en un remanso de la corriente de los hematíes, Da Vinci bailaba con Gioconda un minué y Peter Pan y los Niños Perdidos jugaban en corro a la gallina ciega que no era otra que el Capitán Garfio.

De los bulliciosos muelles de las librerías parten todos los días al amanecer cientos y hasta miles de navíos cargados de sílabas, de colores, de notas musicales y de movimientos de danza interminables que por una vez contaminan de pureza oxigenada el aire inmundo que el poder trata de inocular por la fuerza en los harapos que aún sostenemos sobre nuestra piel abrumada por la pena. Por eso la librería Catalònia, que sobrevivió a un incendio en 1979, cierra hoy y sobre aquel llanto sagrado, se erigirá un Mc Donald?s que acabará por derrotar nuestra última y universal bandera de papel.