Hubo un tiempo en el que las dos márgenes de la ría estuvieron más próximas. Un tiempo en el que el mar unía más que el asfalto. Fue entonces cuando desde Cabodeiro comenzaron a salir dornas hacia todos los puertos arousanos, e incluso más allá. Paradójicamente, las plantillas de esas embarcaciones habían llegado desde el otro lado de la ría, pero a través de una pirueta que, cruzando el Atlántico en dos ocasiones, las condujo desde Cuba hasta A Illa, Allí, en otra isla, un carpintero de Aguiño las compartió con el padre de Ramón Blanco Nieto. Este tuvo tiempo de hacer cuatro a su regreso. Luego falleció.
En esos tiempos en los que los saberes se heredaban de padres a hijos fue su primogénito el que siguió inicialmente su estela. Entonces, Ramón era todavía muy joven, pero comenzaba a sentirse atraído por el olor de la madera. Fue finalmente él quien siguió el oficio de su padre. De sus manos salieron, durante más de medio siglo, buena parte de las dornas que surcaron la ría de Arousa, primero como un modo de vida; después, como una preciada embarcación para el ocio.
El que Ramón eligió no es un oficio fácil y, de hecho, su hijo ha preferido el mar. «Era moi sujeto» y, además, tenía su complicación. «Calquera que queira facer unha dorna non é capaz; outro barco, si, pero unha dorna non», explica este hombre a quien en A Illa conocen como Monchito. Sin ayuda, 27 días le llevaba construir cada pieza.
No fueron pocas las ocasiones en las que en su taller de Cabodeiro se confeccionaban dos a la vez. Entonces, «todo eran dornas; estaban aquí todas varadas e había moitísimas». Eran el instrumento de trabajo de todos los marineros -«gobernábase a vida niso»-, y lo habitual era que «cada pai, cando se casaba un fillo, dáballe unha dorna para que fora traballar». Algunos, incluso, emigraban con la vista puesta en conseguir dinero para regresar cuanto antes y construir su dorna, relata Ramón.
La estructura de estos barcos era siempre similar, y se variaba su tamaño según el trabajo al que fuese a ser destinada. También en función de sus medidas se establecía el precio, aunque Ramón dice que nunca las cobró muy caras. «Téñoas feito a mil pesetas». Las últimas que construyó, no hace muchos años, se vendieron a 2.500 euros.
Para darles forma, Ramón utilizaba «pino do país», y también roble para las cuadernas y las quillas. «E mira os anos que duraban. Claro que tamén as coidaban moito».
Poco a poco, Ramón fue perfeccionando su técnica, y cada vez sus dornas fueron mejores y más hermosas. «Primeiro botáballe auga quente para que a madeira dobrara e non cedera, pero despois dei cunha táctica. Poñíaas tres días a virar e xa ían ben. Hai que saberlle os trucos, porque se as cravaba, xa rompían, tiña que deixalas sen cravar moitos días».
La evolución llegó también a su aspecto externo, y si al principio todas eran blancas y negras, con los años se fueron cubriendo de colores. «Algunhas pintabámolas, pero non todas. Antes non se pintaban como agora, faciamos unha carena, dabámoslle brea e faciamos o branco con xufre. O negro faciámolo cunha cousa que lle chamaban negrume. Algúns non sabían carenar e faciámolo nós».
Cuando Ramón comenzó a trabajar, había otro carpintero en A Illa que también fabricaba dornas. «Fixo ben delas. Chamábanlle O Listón. Vivía na banda do sur e alí facía as dorniñas». Un único carpinteiro de ribeira mantiene hoy en la ría la memoria de las dornas: está en Aguiño y rivaliza con Ramón en una sana competencia a cuenta de cuál de los dos coloca más barcos en el podio de las regatas. Casi siempre, el isleño lleva las de ganar. «Hai catro ou cinco dornas que sempre gañan. O dalá enfádase».
Y es que hace ya años que el poliéster se ha colado en las vidas marineras para arrinconar a la embarcación tradicional de las rías. A Ramón no le convence mucho este cambio: «As planeras -dice refiriéndose a las planeadoras- non son capaces de compararse. A dorna é o barco máis mariñeiro que hai enriba do mar». Quizás por eso esta embarcación no ha querido sucumbir ante los nuevos tiempos. Hace unos años inició un proceso de resistencia de la mano de un puñado de asociaciones que trabajan para recuperar y mantener la cultura marítima.