Tan lejos. Tan cerca. El voto exterior. Un territorio pantanoso que se transita inevitablemente durante todas las citas electorales. Puro realismo mágico que bien hubiera podido firmar García Márquez. Con muertos enviando con tesón sus papeletas. Con vivos esperando maná transoceánico. Y con una parte de votantes decidiendo el destino de porciones del territorio situadas a miles de kilómetros que no han pisado jamás. El voto exterior es el gato encerrado al que a los políticos de todos los colores les cuesta poner el cascabel. Al gobernante, al que tiene el mando, le cuesta siempre extremar las garantías y aplicar el mismo control del mecanismo electoral dentro y fuera de las fronteras. Se perciben los inmigrantes como un granero apetecible y se perdonan sus peculiaridades. No es sencillo ceder el control remoto.