¡El anarquista, el anarquista!

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«Cuando vine de América, expulsado, se me ocurrió un día ir a visitar la isla de Arosa. Hace ya cinco o seis años y todavía recuerdo, con una leve sonrisa cyranesca, la impresión de terror que produje en la isla. Detrás de mí oía con frecuencia el tímido cuchicheo de las mujeres y de los niños. ??¡El anarquista! ¡El anarquista!? El anarquista era yo». Eso cuenta Julio Camba en uno de sus mejores libros, Playas, ciudades y montañas. Playas es Galicia, ciudades, París y montañas, Suiza. Camba se escapa con trece años a la Argentina para propagar alegremente el espíritu libertario, y siendo un mocoso da vibrantes mítines a las masas obreras. Todo aquello duraría seis años, y a los diecinueve lo expulsan, lo que no deja de ser una manera de regresar gratis a España. De ahí lo de A Illa. La vuelta a la Galicia de 1902, idílica y aburrida, un poco cateta, caciquil -y lamento que sea mi bisabuelo, al que dedica el capítulo titulado La Caeyra, el objeto de sus más directas puyas-, de la que escapa a Madrid. Allí, poco a poco, sin saberse bien por qué, va atrapando lectores y ganando admiración y amistades. Como un hipnotizador. Los artículos de Camba esconden algo, más allá de lo que cuenta, que se parece al placer del sexo o de la gastronomía. Ese algo se llama literatura. En su máxima expresión. Camba es como un músico con oído total, un virtuoso. Y, claro está, un gallego con mucha retranca y con mucho sentido del humor. Hay quien lamenta que no haya escrito una novela -pues no se puede llamar propiamente novela a El matrimonio de Restrepo-, pero parafraseando a Bécquer, quizá si novelista se tornase lo sintierais. Y mañana se cumple medio siglo de su muerte. El homenaje que los gallegos deberían rendir a Julio Camba no es el de los himnos y las coronas. Bastará con leer sus obras.