Otro jarrón chino más

foto de Tino Novoa
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Felipe González se refirió en cierta ocasión a los expresidentes como jarrones chinos, unos bonitos y caros regalos que nadie sabe dónde colocar. Zapatero se incorporó ayer a ese selecto club de quienes dan consejos que ellos no siguieron, que pontifican sobre el futuro con la mirada puesta en el pasado, que aleccionan sobre materias que ellos suspendieron, que hablan, en fin, cuando ya nadie quiere escucharles. Zapatero se subió ayer por última vez a la tribuna socialista para justificarse a sí mismo, no para explicar por qué deja la peor de las herencias, que es un partido hundido electoralmente, huérfano de ideas y desorientado. Zapatero, que en su día laminó a la vieja guardia, se despidió con un canto a la unidad. En la platea, los mismos que le aplaudían, por lo bajo se daban patadas al estilo Pepe. Zapatero se fue con la misma cara de niño bueno con la que llegó, pero dejando tras de sí un país sumido en la amargura. Quizás la historia lo absuelva, quien sabe, pero de momento se va condenado a la indiferencia, ignorado por aquellos que lo habían tratado como un semidiós. Una dura cura de humildad.