«¡Vete!», gritaban hace un año a Hosni Mubarak los manifestantes de Tahrir. Intelectuales de izquierda, anarquistas, cristianos, islamistas, trabajadores y hinchas de Al Ahly luchaban entonces unidos contra un enemigo común. Hoy pelean unos contra otros con palabras, piedras o munición real.
Muchos de los activistas que organizaron las primeras protestas contra Mubarak se sienten rodeados de enemigos. Por un lado está la Junta Militar, que quiere mantener sus privilegios. Por otro, los funcionarios del Ministerio de Interior, que siguen siendo intocables. Y ahora se añaden los Hermanos Musulmanes, que tras su llegada al Parlamento no quieren ser molestados por los revolucionarios.
«Antes de la revolución los apoyamos, pero ahora se vuelven contra nosotros», podía leerse en una carta abierta que el Movimiento 6 de Abril envió a los islamistas. «Están construyendo una milicia para evitar que lleguen al Parlamento nuestras exigencias», afirman. Además de reprocharles comportamientos similares al del ahora prohibido partido de Mubarak.
También la burguesía liberal se siente profundamente decepcionada con la revolución inacabada, que ha supuesto un cambio de personal en el poder, pero no una renovación cultural. Y es que mientras la prensa se concentraba en los disturbios, una pequeña noticia pasaba desapercibida: Abdel Imam, el actor más famoso de Egipto, fue condenado a tres meses de prisión por haber ofendido al islam en antiguas representaciones teatrales. La obra mostraba cómo islamistas de larga barba prohibían el alcohol y los bikinis. Lo que Imam no podía imaginar entonces es que un día los islamistas llegarían al Parlamento.
Los únicos aliados con los que aún cuentan son intelectuales de izquierda y los seguidores de Al Ahly. Por eso, no hay que descartar por completo las teorías conspirativas que apuntan a que la violencia en Port Said fuera en realidad una acción dirigida contra los politizados hinchas.