Con doce días de adelanto sobre la fecha establecida (31-08-2010), las autoridades del Pentágono han retirado de Irak todas las fuerzas combatientes. Los 56.000 militares que permanecen en el país están encargados de instruir al nuevo Ejército iraquí en las técnicas de combate y en el manejo de las poderosas armas que los americanos van «abandonando», de forma estratégica, en su retirada. Y, aunque el anuncio de Obama hablaba de limitar el contingente americano a 50.000 soldados, podemos dar por cumplida la más increíble de sus promesas electorales.
El problema es que, a pesar de retirarse en derrota, sin haber cumplido ninguno de sus objetivos y habiendo dejado una pésima imagen de los aliados, el Pentágono está escenificando una victoria. Y esa mentira, que es al mismo tiempo trágica y disparatada, va a impedir que aprendamos las abrumadoras lecciones de tan injusta, chapucera y mortífera invasión.
Por eso cabe temer que las explicaciones del portavoz del Departamento de Estado P. J. Crowley -«estamos acabando la guerra pero no estamos acabando nuestro trabajo en Irak»-, y su idea de que Estados Unidos tiene con Irak «un compromiso a largo plazo», estén apuntando al verdadero objetivo de Bush: quedarse en Irak per vitam aeternam .
Si es así, como yo profetizo, el militarismo americano habrá enseñado su peor cara: la de pasar por encima de lo que sea, y engañar a sus aliados, con tal de ir «a lo suyo».
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