Joe Biden, que se entrevistó ayer con Mahmud Abás, declaró que los palestinos merecen tener un Estado viable
El bofetón aún escuece, aunque ahora algunos pidan perdón. Cuesta creer que el anuncio de construir 1.600 nuevas viviendas israelíes en el Jerusalén ocupado coincidiera con la visita del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, por casualidad. Tampoco convencen las disculpas ofrecidas por miembros del Gobierno hebreo. Biden reiteró ayer su condena y dijo que los palestinos «merecen tener un Estado viable».
«Si lo hubiera sabido, habría pospuesto la autorización una semana o dos, no tenemos intención de provocar a nadie», aseguró el titular de Interior, Eli Yishai, después de la dura reacción norteamericana. El plan fue dado a conocer siguiendo los trámites burocráticos habituales, aseguró, pero la presencia de Biden en Israel provocó «molestias por las cuales pido perdón».
«Debemos disculparnos por esta metedura de pata», declaró también el ministro de Asuntos Sociales, Isaac Herzog. Eso sí, ni él ni ningún otro representante gubernamental plantearon congelar la construcción de asentamientos en Jerusalén Oriental, por mucho que allí deba establecerse la futura capital palestina, según resoluciones y acuerdos internacionales. Oficialmente, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no sabía del anuncio, criticado por la ONU, la UE, la Liga Árabe y la prensa israelí.
Biden se encuentra en la región para relanzar unas negociaciones indirectas entre israelíes y palestinos que deberían llevar a las dos partes a sentarse frente a frente de nuevo. Desde Ramala, donde se entrevistó con Mahmud Abás, el vicepresidente quiso ayer mostrar de nuevo su enfado subrayando su apoyo a un futuro Estado palestino con continuidad territorial, es decir, no aislado por asentamientos judíos. «La decisión del Gobierno israelí mina la confianza necesaria para comenzar negociaciones provechosas», dijo Biden un día después de «condenar» el plan de expansión y de hacer esperar a Netanyahu hora y media en señal de protesta.
No es el primer desplante que Israel hace a Estados Unidos. Pero esta vez duele más y quizá el presidente Barack Obama, criticado por su debilidad en el conflicto de Oriente Medio, se vea obligado a dar un puñetazo sobre la mesa. Y eso es algo que no conviene a Israel, cuya supervivencia depende en buena parte del apoyo político y financiero de Washington.
Hubiera resultado más lógico que el Ejecutivo hebreo eligiera un momento de menos atención para hacer pública la construcción de nuevas viviendas. Habría dado así a los estadounidenses la opción de mirar hacia otro lado y de emitir las suaves críticas habituales. Al fin y al cabo, Israel solo se ha comprometido a congelar temporalmente la expansión de asentamientos en Cisjordania, pero no en Jerusalén Este.
Ha optado en cambio por la provocación, algo que puede achacarse a la falta de rumbo del Gobierno hebreo y a las propias tensiones internas. Si Netanyahu, del Likud, representa posturas poco proclives a la paz, aún más radicales son algunos de sus aliados. Entre ellos, el partido ultraortodoxo Shas, al que pertenece el ministro de Interior Yishai, responsable del polémico anuncio. Una bravuconada que habrá dejado satisfechos a los colonos judíos y a otros sectores derechistas, pero que podría salir cara a Israel.
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