Los ocho marineros gallegos llegan hoy ?a Vigo en un avión fletado por la Xunta desde Torrejón
Tras 47 días de cautiverio, parte de los tripulantes se reencontraron en las Seychelles con sus familiares
«¡Ese es Pablo, estoy segura, lo sé por la forma de andar, me apuesto lo que quieras, es él, es él!», repetía Silvia Albes, la mujer de Pablo Costas, llevándose las manos a la cara de la alegría mientras miraba a la lejanía. El Alakrana estaba entrando en el puerto de Victoria, la capital de Seychelles, pero aún se encontraba a 300 metros y cualquier otra persona solo podía ver unos puntitos encima de la cubierta. Las mujeres y parientes de los ocho tripulantes gallegos del barco se movían inquietos en el muelle, notando cómo se descontrolaban sus emociones a medida que se acercaba la nave. Llevaban encima 13 horas de vuelo y habían llegado a las Seychelles a las siete de la mañana, las cuatro en España. Casi todas se tapaban la boca, apretando los dientes. Había un chico, el hijo de Secundino Dacosta, que hacía fotografías con una cámara que parecía muy buena y miraba por el teleobjetivo. Él vio a todos antes.
El Alakrana , que tocó la sirena varias veces al entrar en puerto, un maravilloso sonido de libertad después de 47 días de secuestro, se puso de costado para atracar y mostró a toda la tripulación apoyada a la barandilla. El patrón, Ricardo Blach, estaba asomado a la ventana del puente, con gafas de sol, dirigiendo la maniobra, trabajando hasta el final. Fue su última tarea, traer sanos y salvos a sus 35 hombres. Con el deber cumplido, se jubila. No volverá a navegar.
Tres enfermos
El armador del buque, Kepa Etxebarria, el hombre que ha pasado todo el secuestro en Nairobi pegado al teléfono negociando con los piratas, ya había subido a bordo con una lancha. Fue cuando el barco apareció en la bahía de Victoria, a las siete y media de la mañana. También le acompañaba un médico, que examinó los casos más preocupantes. Uno, el jefe de máquinas, Víctor Bilbao, con una posible angina de pecho. El otro, Gaizka Iturbe, engrasador, con un cólico nefrítico. Y había un tercero, pero todos estaban bien. Un doctor del Instituto Social de la Marina les hizo un chequeo y confirmó que podían volar sin problemas en el avión de regreso a casa.
Aplauso de las familias
Subió primero a bordo la tripulación de relevo y un empleado de la compañía. Luego las autoridades, que se dirigieron al puente de mando. El encuentro entre los marineros en cubierta creó ya cierto bullicio, pero en tierra seguía la expectación. Rompió un aplauso de las familias. Por fin, Secundino Dacosta bajó con paso decidido la escalera, atravesó la multitud y se lanzó a abrazar a su hijo, el chico de la cámara de fotos. Fue el que rompió el hielo. Seguidos, caminando a grandes zancadas, bajaron los demás. El muelle se convirtió en un lugar desordenado de abrazos interminables, entre maridos y esposas, padres e hijos y amigos con otros amigos. Fueron unos abrazos eternos, soñados durante mes y medio en noches en vela, a bordo y en muchos hogares en España, separados por miles de kilómetros.? Decenas de periodistas aguardaban para hablar con los marineros. Al final fue Ricardo Blach, el patrón, el que se dispuso a hablar, abrazado a su hija. Lo primero que hizo fue dar las gracias a todos: «Gracias al Gobierno y a todo el mundo que nos ha sacado del infierno ese». Mencionó en especial al embajador de España en Kenia, Nicolás Martín Cinto, que ha dirigido la negociación junto al armador. Estar otra vez en tierra era «un sueño», dijo Blach, tras lo que definió como «la peor experiencia de mi vida». Luego respondió a preguntas. «Nos han maltratado, nos han tratado muy mal, peor imposible», confirmó, y a él más que a nadie. «Era el que más entero estaba y había que tratar de hundirme, me pegaban, me amarraron y mil cosas más», comentó.
La gente de la flota que estuvo con la tripulación les ha visto bastante bien. «Es curioso, estaban peor los del Playa de Bakio , les he visto muy enteros, aunque la procesión irá por dentro», comentaba el responsable de una de las compañías. Varios coinciden en señalar que el patrón, Ricardo Blach, habrá sido probablemente una figura decisiva en la moral de la tripulación, pues goza de mucho respeto y al resistir el cautiverio sin doblegarse habrá sido un referente para el grupo.
Más delgados
Que todos parecían más delgados era el comentario general, y en concreto el capitán, Iker Galbarriatu, ha perdido muchos kilos, ha comido poco. Todos están muy cansados y padecen un fuerte estrés psicológico. En cuanto al barco, tras una buena limpieza en estos dos días de viaje, no ha quedado en muy mal estado. Solo estaba muy sucio, porque los secuestradores se han portado como salvajes. La marca más vistosa del secuestro son unos disparos en el palo de proa, que los piratas hicieron para amedrentarlos el día en que simularon llevar tres rehenes a tierra y amenazaron con matarlos, el momento más crítico del cautiverio. Pero tras algunas reparaciones, en unos cuantos días, el Alakrana volverá a zarpar.
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