Las masacres protagonizadas por jóvenes como la ocurrida esta semana se repiten periódicamente en Europa y responden casi siempre a los mismos patrones. Jóvenes solitarios con problemas de relación social, aficionados a los videojuegos, que pasan muchas horas delante del ordenador sin que sus padres sepan muy bien a qué se dedican, ni con quién chatean.
Así eran Pekka-Eric Auvinen, el finlandés de 18 años que en noviembre del 2007 irrumpió a tiros en su instituto de Tusula para matar a sangre fría a ocho personas antes de suicidarse; y Matti Juhani Saari, su compatriota de 22 años, que menos de un año después se disparó en la boca tras acribillar a balazos a nueve compañeros y a un profesor en un centro de formación profesional en Kauhajoki.
Licencias
En Finlandia, chicos como ellos aprenden a disparar de críos y pueden hacerse legalmente con pistolas y escopetas, porque a su edad pueden tener una licencia de caza que les habilita para ello.
Los patrones se repiten, y parecen calcados de los que se extraen de sucesos similares en Japón y en Estados Unidos, donde la cultura del videojuego violento también se ha extendido peligrosamente. Pero todos presentan un rasgo que no depende del carácter asocial de sus protagonistas: podían acceder a las armas con la misma facilidad con la que se descargaban un entretenimiento virtual por Internet.
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