Tras la matanza de Winnenden, la Eurocámara propone limitar el acceso de los adolescentes a los videojuegos violentos
Nadie sabe a ciencia cierta si Tim Kreschmer se creía el protagonista de un videojuego ultraviolento cuando decidió acribillar a tiros a sus ex compañeros de instituto en Winnenden. Pero parece una macabra broma del destino que solo un día después de la tragedia, el Parlamento Europeo aprobara un informe en el que reclama un mayor control sobre esos entretenimientos virtuales, por los que Tim, según cuentan sus amigos, sentía una afición compulsiva.
La resolución, que la Eurocámara llevaba meses preparando y que se aprobó por abrumadora mayoría, llega demasiado tarde para las quince víctimas mortales del chico. Pero ha sido aplaudida con entusiasmo por quienes llevan años advirtiendo de que las nuevas tecnologías hacen cada vez más difícil controlar el tipo de artículos con los que se divierten chavales como él.
«Si bien la violencia en los videojuegos no lleva automáticamente a un comportamiento violento, algunos expertos opinan que la exposición duradera a escenas de brutalidad pueden tener un impacto negativo en las personas que los practican», dice el texto redactado por el eurodiputado liberal holandés Toine Manders.
El acceso, demasiado fácil
La ponencia recuerda que las condiciones del mercado han cambiado notablemente en pocos años, «pasándose de una situación en que los juegos de vídeo se compraban predominantemente en tiendas y se usaban en un ordenador o una consola, a la situación actual, donde se pueden adquirir y descargar de Internet».
Hasta hace bien poco, los videojuegos se ofrecían al público en cajas etiquetadas con explicaciones sobre su contenido y con recomendaciones y restricciones sobre la edad mínima requerida para usarlos. Pero ese método, que facilitaba cierto control parental, se ha quedado caduco. Las advertencias escritas del fabricante no sirven de nada cuando los menores no adquieren los programas en un gran almacén, sino a través de su ordenador, o incluso de su teléfono móvil, con descargas rápidas y baratas.
Para salvar esa situación, la Eurocámara quiere que las Administraciones pacten con la industria la instalación de un botón rojo en las videoconsolas, los pecés y los móviles, que permita bloquear o limitar el uso de determinados juegos. Pero cabe preguntarse si ese sistema habría servido para evitar la matanza de Winnenden. Porque quizá el problema no es que los adolescentes tengan un acceso fácil a recreaciones virtuales de la violencia, sino que puedan hacerse con las herramientas para convertirlas en situaciones reales. ¿Cómo demonios no existe ya un botón rojo que impida que un chico de diecisiete años como Tim tenga a mano en casa quince pistolas automáticas y más de 4.000 balas?
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