La capital de Etiopía, que lleva un siglo tratando de reinventarse, vuelve a ver en peligro su incipiente modernización por la amenaza de una nueva hambruna que ya obligó a pedir auxilio
Tiguist no levanta más de un metro del suelo y tiene en la mirada esa belleza triste que da la pobreza. Desiste de vendernos unos chicles para pedirnos que le compremos unos zapatos. Tiene los pies descalzos y encallecidos. Tiguist está al pie del Nani Building, un edificio de 22 plantas de altura que se ha convertido en el emblema de Adís Abeba, la capital de Etiopía que pugna contra sí misma por despuntar. El edificio, propiedad del magnate etíope-saudí Mohamed al Amoudi, se tragó ya más de 20 millones de euros desde que comenzó a construirse hace diez años y todavía no está en uso. Tiguist, como otros 50.000 niños de Adís, sigue en la calle para tratar de conseguir los diez o doce birres (menos de un euro) que le permitirían comer algo ese día.
La niña huérfana y el hombre negro más rico del planeta (según la revista Forbes) son las dos caras de la dramática paradoja de Etiopía. Pese a ser el país con mayor crecimiento económico de África, con subidas del PIB por encima del 10% en los últimos años, se enfrenta de nuevo a la amenaza de la hambruna, contra la que esta misma semana se han reiterado desesperadas llamadas de auxilio, tanto desde el propio país como desde las agencias para la alimentación y la cooperación de Naciones Unidas. A la crisis internacional de los alimentos y el alza del petróleo ha venido a sumarse un proceso de inflación (el 50% en lo que va de año) que ha frenado en seco el optimismo que con el arranque del tercer milenio -el 11 de septiembre del año pasado, según el calendario etíope- el Gobierno quiso empaparlo todo. El objetivo expresado por el primer ministro, Meles Zenawy, es que en 20 años Etiopía deje el furgón de cola de los más pobres del mundo y se sitúe entre los países «de ingresos medios».
Kelemework Mandefro, una anciana que ronda los 80, está feliz estos días. Por primera vez en más de 30 años ha podido reunir en Adís a sus cuatro hijos. La diáspora es otra consecuencia del drama histórico del país. Uno vive en Etiopía, dos en Estados Unidos y el cuarto en Alemania. Pero la alegría de Kelemework no es completa porque pronto tendrá que dejar la casa en la que vivió durante más de seis décadas para que amplíen y asfalten la calle en la que toda su vida pisó barro. Al paso por lo que serán las nuevas grandes avenidas de la ciudad se encuentran viejas casas demediadas, muros sin tejados y puertas y ventanas que ya no dan a ninguna parte. Eran viviendas como las que tendrá que abandonar Kelemework en nombre de la ordenación y el saneamiento de la urbe. Son muchas las quejas que se han escuchado por la actuación de la piqueta y la traslado obligado a lugares de la periferia. Pero también se oyen voces que aseguran que el Gobierno ha tratado bien (quieren decir que les han pagado) a los antiguos moradores de estas zonas.
Lo cierto es que la ciudad está experimentando una transformación profunda. Imponentes edificios de aluminio y cristal, centros comerciales, barrios completos de viviendas municipales, más calles asfaltadas y una inmensa circunvalación que está construyendo China, la gran aliada del despegue etíope. Todo ello, y todavía no se sabe por cuanto tiempo, en contraste brutal con enormes barrios de favelas en los que sin saneamientos, sin agua corriente, con constantes cortes de luz y calles embarradas, vive la inmensa mayoría de los casi cinco millones de habitantes que la estimación oficial rebaja a la mitad. Porque tampoco en esto hay acuerdo: mientras diversas fuentes sitúan la población total de Etiopía en los 81 millones de habitantes, el Gobierno la cifra en 74 millones. En todo caso parece evidente que el ritmo de crecimiento demográfico es rapidísimo y Etiopía ya es la segunda potencia africana en población, después de Nigeria.
La explosión demográfica está aminorando también el efecto del despegue económico de los últimos años. La inversión extranjera se dispara (8.000 millones de dólares de enero a junio) y las exportaciones aumentan. Hay empleo en la construcción, en las explotaciones de floricultura, en la hostelería. Pero hay millones de desempleados y el salario medio sigue en torno a los 800 birres mensuales (unos 60 euros), mientras que el tef, el cereal básico en la dieta del país, subió un 300%. El precio actual es de 1.100 birrres el quintal, que es lo que puede consumir al mes una familia de 10 miembros, que no son extrañas en un país en el que la media de hijos por mujer es elevada y la convivencia de varias generaciones y parientes lejanos en el mismo espacio es frecuente. Si solo hay un ingreso en la casa, cosa que tampoco es rara, los números no salen. «Hay que tener en cuenta que aquí desayuno, comida y cena es a base de inyera, que se hace con el tef», nos comenta un ingeniero que trabaja en una oficina del Gobierno y al que llamaremos Tewodros porque prefiere ocultar su nombre.
Dicen que las malas cosechas y por lo tanto la escalada de los precios se deben a la sequía en el primera cuatrimestre del año, pero también se habla de la existencia de almacenes en el que algunos comerciantes ricos retienen el grano a la espera de que suban los precios. El Gobierno realiza periódicas inspecciones y hace unos meses hubo incluso detenciones de mercaderes acusados de especulación, pero también se dice que existe connivencia entre empresas y gobierno. No llovió en marzo y abril (suele haber un corto periodo de precipitaciones), pero sí lo hizo y con abundancia en la estación larga de lluvias, de julio a septiembre. En esa agua, que es abundante aunque pésimamente gestionada, están puestas las esperanzas de mucha gente.
De momento, el agravamiento de los casos de desnutrición se han dado sobre todo en las regiones más secas del sur y del norte del país. Pero también hay áreas rurales (el 80% de la población etíope vive fuera de las ciudades) en las que pese a haber dinero faltan algunos productos en los mercados. El Gobierno acaba de iniciar la distribución de trigo importado con el doble objetivo de atender situaciones de emergencia y forzar una rebaja de los precios. En las ciudades la crisis está causando un aumento de la ya numerosa nómina de pobres urbanos y es frecuente, hacia el mediodía, ver en algunos puntos de la ciudad grandes aglomeraciones de personas a la espera del reparto de alimentos.
«Hay familias con trabajo, con dos o tres hijos, que ya lo están pasando muy mal. Es cierto que hay mucho desarrollo en el país. Las carreteras, los edificios, las universidades... pero el nivel de vida de la gente sigue siendo igual o peor que antes», comenta Tewodros. «La gran mayoría de la gente es pesimista. Los precios de los productos básicos aún pueden subir más, no va a haber democracia y puede volver la guerra con Eritrea. La gente tiene cierto optimismo con las elecciones en Estados Unidos, por si gana Obama y puede presionar a nuestro Gobierno para que haya cambios. Imagínate, tener esperanza a través de otros países», apunta.
Hay visiones más optimistas, como la de un misionero católico con muchos años de trabajo en Etiopía con los más necesitados. «Hay problemas, claro, pero las cosas han ido razonablemente bien. Hay que tener paciencia, porque los cambios no se ven de un día para otro y en estos países el asentamiento de la democracia requiere tiempo.» Y también los hay que no saben muy bien qué pensar, porque la información tampoco corre con fluidez. Ven que les cuesta más vivir, porque todo ha subido, pero también miran con orgullo cómo la ciudad cambia su aspecto. Y son ellos los que preguntan. «¿Encontráis muy cambiado el país?», nos interroga Abraham, un joven que trata de ganarse la vida con el video club que regenta en Kolfe Keranio, un barrio de la periferia en el noroeste de la ciudad. No deja de echar cuentas para ver si se puede trasladar a algún local de Piazza o Bole, donde quiere montar un cibercafé. Pero los precios de los arrendamientos en esos dos distritos comerciales son demasiado altos.
«Este año ya ha sido difícil y no sabemos qué pasará el próximo». La incertidumbre la expresa el taxista que nos adentra en los secretos de la ciudad y que con sus ingresos y los de su mujer hacen piruetas para que su hijo pueda seguir en el colegio privado al que lo llevan. «Nos cuesta mucho trabajo y muchos sacrificios, pero mientras podamos lo haremos, porque una buena educación es lo único que puede salvar a este país», sentencia.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios