• Manual de uso para peleas de hermanos

    Los padres deben actuar como mediadores en las disputas entre hermanos. Para ello es imprescindible que utilicen su autoridad y no igualarse a ellos. Establecer normas y límites es fundamental para la convivencia y la educación de los menores

    Susana Acosta

    Las peleas entre hermanos pueden acabar convirtiendo el hogar familiar en un auténtico infierno. A veces, cualquier excusa es suficiente para que estalle la guerra en el hogar. Unas disputas que pueden llegar a las manos en muchos casos y que traen de calle a los padres que, en ocasiones, se ven sobrepasados por la situación y ya no saben cómo romper la dinámica de peleas e insultos que se ha instalado en la familia entre dos hermanos. Pero, ¿cuál es el origen de estas peleas?

     Manuel Fernández Blanco, psicoanalista y psicólogo clínico de la Unidad de Salud Mental del Chuac, explica que este tipo de disputas tienen su origen en el complejo de intrusión: «Cuando aparece un hermano, que puede parecer un intruso. Esto está ligado a un afecto que es la envidia. En las Confesiones de San Agustín aparece un momento muy ilustrativo cuando recuerda cómo palideció de envidia al ver a su hermano al pecho de su madre. Ver cómo otro usurpa su lugar, despierta celos y agresividad hacia ese intruso. Los celos, además, siempre son cosa de tres», afirma.

    En edades tempranas

    «La rivalidad o agresividad entre hermanos es más habitual cuanto más próximos en edad sean. Con una diferencia de edad importante, la relación ya es de otro tipo. Y en este caso, los hermanos actúan como segundos padres. Existen características diferenciadoras en las primeras edades del niño. Hasta los cuatro o cinco años, los menores no han interiorizado la conciencia moral y reaccionan de una forma agresiva mucho más irreflexiva. A partir de ese momento, ya se utiliza más el insulto o la descalificación, pero si persisten pueden desencadenar en una conducta agresiva», comenta Fernández Blanco, que considera que los padres son imprescindibles para corregir este tipo de conducta: «La función de los padres es fundamental, como mediadores en un nivel superior. Entre iguales la dinámica es destructiva. O tú o yo. Lo único que puede venir a pacificar es un tercero. Los padres que se igualan a los hijos, que coleguean, no pueden ejercer esa función de autoridad y de pacificadores. Se deben establecer límites, normas y no igualarse a los hijos es fundamental para la educación. El adulto se debe situar en un lugar de autoridad. Un niño solo puede calmarse si existe una autoridad. Ahora muchos padres temen perder el amor de los hijos. Es un error. Cuando un niño sabe que va a ser querido igualmente se convierte en ineducable», aclara.

    No son iguales

    Pero ¿se debe educar de igual manera a los hermanos? Para Fernández Blanco esto supone un ideal irrealizable: «Nunca dos hijos están en el mismo lugar. No son iguales. No nacieron en las mismas características. Dos hermanos nunca tienen los mismos padres. No es lo mismo tener un hijo a una edad que a otra y los niños son diferentes, aunque sean gemelos. Lo que un niño necesita es que los padres deseen algo particular en cada uno de ellos. Que destaquen un rasgo de cada uno y que no sea anónimo. Y si es el mismo para todos es anónimo. El niño necesita sentirse particularizado».

    Una vez que se produce la pelea, Fernández Blanco recomienda que lo primero que se debe hacer es imponer la distancia física. Situar a cada hermano en un lado distinto de la estancia: «Y una vez que se han apaciguado, ejercer la función de mediador desde la figura paterna».

    En cuanto a si se debe castigar a los menores, aclara que «el castigo en sí no cambia las conductas pero la ausencia de él empeora las conductas. Se instala la impunidad. Tiene un efecto psicológico devastador. Se necesita imponer unos límites. Si ante una conducta inadecuada no hay límite. Hay una sensación de que tendrá que hacer cosas más graves para salvar ese límite. Por eso cada vez más vemos casos en los que actúa la autoridad externa, bien sea la policía o la Administración, ante la ausencia de la autoridad familiar. El menor necesita esos límites», indica tras explicar que esa ausencia de límites pueden desembocar incluso en la delincuencia.

    Ser ejemplo

    Otro factor que considera importante en la educación de los menores es educar dando ejemplo. La lógica se impone en este caso pero, muchas veces, lo que resulta evidente, en el día a día no lo es tanto y se cometen errores que pueden pasar desapercibidos que el progenitor. Para ello Manuel Fernández habla de las prohibiciones que se le imponen a los hijos y que los adultos no cumplen en su día a día. El resultado final es que difícilmente los padres conseguirán sus objetivos: «Si al menor le estamos diciendo que no puede estar todo el día viendo la televisión, y luego el adulto es lo que hace durante toda la tarde, difícilmente podemos conseguir que el niño no dedique su tiempo libre a ver la televisión», indica.

     

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