A los 17 años, la gallega Rocío Saavedra ha decidido cambiar radicalmente su vida. Estudia el bachillerato en Pune, donde una de sus tareas es ayudar a comunidades necesitadas.
Alejarse de los límites de la escuela y pasar la gran parte del tiempo disfrutando con los compañeros quizás sean algunos de los principales deseos de los adolescentes. No en el caso de la oleirense Rocío Saavedra, de 17 años. Tras una decisión pensada y anhelada, ha dejado todos sus amigos de A Coruña para emprender un proyecto de dos años que implica pasar casi las 24 horas del día en el campus de su nuevo colegio, donde además de acudir a las clases, come y vive. Rocío ha aceptado una beca de bachillerato internacional en uno de los 12 «United World Colleges» existentes en el mundo y a la hora de elegir el país, pasó de Canadá, Estados Unidos, Inglaterra, Italia y Noruega y se apuntó al de la la ciudad india de Pune, que tiene una población de más de cuatro millones de habitantes.
«Buscaba una visión completamente distinta del mundo, de la que se tiene cuando uno vive en un país occidental», dice la joven que ha dejado un ambiente tranquilo para vivenciar el multiculturalismo, aprender en la práctica los valores del respeto y convivencia con otras personas de distintas culturas, religiones, etnias y clases sociales. «Cenar en una mesa redonda con dos noruegos, un indio, una mexicana, un italiano, un brasileño y un estadounidense no es nada extraño aquí. Dormir en una habitación con Maya, Margot y Chihiro, quienes han venido desde Israel, Francia y Japón tampoco, al igual que no lo es conocer cada día a alguna nueva persona, darle la mano e intentar enseñarle la pronunciación de tu nombre, a la vez que te repites una y otra vez una palabra extraña que resulta ser un país africano del que en la vida habías escuchado hablar», cuenta Rocío en su blog.
Al vivir en un campus occidentalizado, los alumnos acceden a la vida y a la realidad del país «poquito a poco». «Bajar a las aldeas o a la ciudad fue para mi muy difícil al principio: los ruidos, los olores tan fuertes, el tráfico caótico, la gente que te habla y reclama tu atención constantemente para intentar venderte todo tipo de cosas, la comida, el humo y la lluvia monzónica. Sin embargo con el tiempo uno se acostumbra e incluso ahora se me hace raro caminar por la calle muy temprano y ver que todo está relativamente calmado».
Una de las actividades incluidas en el currículo del colegio es el servicio social en que los estudiantes acuden a las aldeas necesitadas. En su primera experiencia y tras 27 horas de viaje en tren, Rocío ha visitado con sus compañeros un orfanato llamado Manavya que acoge niños con SIDA. «Las condiciones de la instalación dejan muchísimo que desear en comparación con lo que se puede encontrar en España, sin embargo, allí están felices: gritando, bailando, jugando. Es maravilloso que te hablen en marathi, que apenas puedas responderles con una sonrisa porque no entiendes y que luego te regalen su maravilloso dibujo, que escriban tu nombre en hindi para que lo guardes y te digan una frase que muchos adultos deberían aplicarse como "Yo hablo poco porque guardo mis palabras para cosas importantes"».
Después de tantas impresiones nuevas, la pregunta: ¿El cambio ha valido la pena? «Uno aprende a ser más abierto, a escuchar más, a entender cosas que creía que nunca haría y a buscar diferentes caminos como solución a un problema en vez de pensar que nada es posible. Además, me di cuenta de la gran suerte que tenemos los que vivimos en un país del primer mundo como España».
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