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Internacional

LA VOZ EN AFGANISTÁNCara a cara con el afgano que EE.UU. quiso cazar en Shindand

La matanza en el valle del Zerkhu
La plana mayor de los milicianos de esta zona no dan crédito a los ataques que sufren de los norteamericanos, cuando hace cinco meses se reunían con ellos con frecuencia

  • Autor del comentario:
    David Beriain
    Localidad:
    env. esp. | zerkhu shindand
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Unos afganos comprueban cómo han quedado sus casas tras el bombardeo en Shindand

				VERA COSMO

Para cazar al hombre que ahora tenemos delante, las fuerzas norteamericanas lanzaron una operación que acabó con la vida de 130 afganos, una buena parte de ellos mujeres y niños. Akhtar Mohamed sigue libre. Entra con su fusil y su canana llena de cargadores en la casa a la que sus milicianos nos han llevado para la entrevista. Todo el mundo se levanta para saludarlo. En una mano lleva un teléfono vía satélite que coloca cerca de la ventana para que tenga cobertura. Nunca lo pierde de vista. Viste el tradicional shalwar kameez (camisón largo y pantalones anchos), luce una barba negra poblada y esconde su calvicie bajo un grueso turbante al estilo pasthún. Tiene orejas de soplillo. En la muñeca, un reloj fino de oro. Se sienta en el suelo junto a nosotros.

A su lado está Ayi Nasrullah Khan, el líder espiritual de la zona, y enfrente un joven barbilampiño y armado que resulta ser el comandante Nangyalay Khan. Los tres son la plana mayor del valle de Zerkhu, los herederos del asesinado Amanullah Khan, el que fuera señor de la guerra de este lugar al sur de la zona de responsabilidad española. Si Estados Unidos bombardeó estos pueblos en su intento de cazar a Akhtar, nos preguntamos cuánto darían por tener las coordenadas de esta casa con sus tres líderes dentro.

«Aquí llega el líder de los terroristas chechenos, árabes y paquistaníes», bromea Ayi al ver a Akhtar. Todos se ríen. Esa es, al parecer, la razón que esgrimen los norteamericanos para intentar detenerlo. Lo acusan de liderar a un grupo de extranjeros vinculados a los talibanes. Akhtar también se ríe. «Tienen ustedes mi permiso para entrar en cuantas casas de Zerkhu quieran. Si encuentran a uno solo de esos extranjeros, pueden hacer conmigo y con ellos lo que quieran», dice.

Akhtar nos cuenta su versión de los hechos, remontándose hasta la guerra contra los soviéticos, cuando los muyahidines afganos eran los héroes de unos Estados Unidos demasiado ocupados en ganar la guerra fría como para desaprovechar el trabajo sucio que le podían hacer estos «guerreros santos». «Entonces nos dieron hasta misiles Stinger para poder derribar los helicópteros y aviones de los rusos», cuenta.

Pero no hay que volver tan lejos en el tiempo para escarbar en sus relaciones con los norteamericanos. «Yo he tenido reuniones con ellos hasta hace cinco meses para tratar la situación, como las he tenido con los españoles y con los italianos. Colaboramos con el Gobierno como nos pidieron. Y luego empezaron a difundir rumores y a llamarnos talibanes. ¿Cómo puede ser eso?», dice.

Desde entonces los norteamericanos han entrado cuatro veces en su casa sin hallar nada. «Para un afgano, el que entren en su casa sin su permiso es lo peor que se lee puede hacer», comenta.

El último asalto de los estadounidenses ocurrió el miércoles. Llegaron a casa de Akhtar pero no lo encontraron. Detuvieron a dos personas, una de ellas con su mismo nombre.

«No son humanos»

«Era la hora en la que solemos trabajar en nuestros cultivos de opio. Había dos ancianos fuera de la casa. Los norteamericanos creyeron que uno era yo y dispararon. Los mataron a los dos. Estaban desarmados», dice.

Su versión coincide con la de un buen número de vecinos a los que hemos entrevistado. Cuando oyeron los disparos, muchos salieron de sus casas y se enfrentaron a los norteamericanos. Mataron a uno. La escena se volvió a repetir el fin de semana. Los soldados intentaron cazar otra vez a Akhtar, pero la gente los recibió a tiro limpio. Resultado: varias casas habían sido arrasadas y 130 personas habían muerto. «Los norteamericanos no son humanos. Si vuelven, hasta las mujeres lucharán contra ellos».

Toda esta situación recuerda demasiado a la que vivieron las tropas españolas en Irak. Allí controlaban Nayaf como ahora controlan Shindand. A los norteamericanos lapresaron a un clérigo sin consultarlo con los mandos españoles, de la misma manera unilateral con la que parecen haber atacado aquí. Pocas horas después se vieron rechazando un asalto contra su base sin ni siquiera saber el motivo del enfado de la gente. Se lo contamos a Akhtar, que asiente y sonríe. «Pueden ustedes estar tranquilos. Aquí la gente sabe muy bien quién es quién. La diferencia es clara. Cuando los niños ven llegar a los españoles e italianos salen a saludarlos. Cuando ven a los norteamericanos, salen corriendo».

De repente alguien entra en la casa y le dice algo. Se nota la tensión. Él se levanta, coge su fusil, nos extiende la mano y se niega a que le tomemos fotos. «Me van a tener que disculpar, pero tengo que irme. Parece que los norteamericanos han vuelto».

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