
SI GALICIA fuese un país moderno, con mentalidad avanzada, estaría encantada de tener empresas, como Pescanova, capaces de invertir en diferentes países y de mantener las líneas comerciales que hacen posible ese milagro. Y también presumiría de tener dos conselleiras que fueron capaces de defender la riqueza del territorio frente a la idea tercermundista de que una inversión puntual (todo lo espectacular que se quiera) debe pasar por encima del país y del equilibrio de sus recursos naturales.
Hasta ahora siempre habíamos envidiado a países como Dinamarca o Noruega que, a pesar de disponer de enormes recursos fluviales y marinos, no dudan en desplazar hacia nosotros las factorías de producción, ya sea para evitar la presión sobre sus recursos naturales, o para ganar posiciones estratégicas en el ámbito de la distribución comercial. Por eso no entiendo que, si consideramos que Noruega es la gran beneficiaria de sus factorías instaladas aquí, no entendamos que Galicia sea la gran beneficiaria de la factoría que Pescanova va a instalar cerca de Coímbra.
Si nos ponemos divinos, y empezamos a exagerar, es obvio que no podremos entendernos, y que nadie sabrá responder de forma satisfactoria a la estúpida pregunta de qué pasaría si todo nuestro dinero se fuese fuera, si aquí no se creasen puestos de trabajo y si protegiésemos como un tesoro lo que no vale para nada. Pero si vemos las cosas con equilibrio, y sin exagerar dialécticamente los análisis, seguramente hayamos matado dos pájaros de un tiro: el primero, ser los dueños estratégicos del incipiente programa de acuicultura portugués, y de haber clavado una pica en el control de sus estructuras de distribución; y el segundo, haber sentado el principio de que, por grande que sea la empresa promotora, y por golosa que sea la inversión, la sostenibilidad del modelo prima sobre la depredación de recursos, y que ya no se puede ir por Galicia como Colón con los indios, cambiando espejitos de medio plazo por impactos irreversibles.
La historia de Galicia no termina aquí, y la de Pescanova tampoco. Y todavía nos queda mucho tiempo para comprobar si es verdad que Pescanova quiere invertir entre nosotros, y si la Xunta va a ofrecer terrenos suficientes y bien seleccionados para llenar Europa de rodaballos. También es obvio que la condición multinacional de Pescanova le da argumentos para presentar su estrategia revestida de un patriotismo que en el mundo global ya no se lleva. Pero da mucha tranquilidad que la instalación de factorías ya no pueda hacerse al viejo estilo de las revoluciones industriales del siglo XIX, sino con plena conciencia de que no se puede destruir una riqueza para crear otra.
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