
¿QUÉ planeta Tierra tendremos dentro de un año? Esa es la gran pregunta, y no las que hacemos a diario. Todas las noticias compiten en alarmismo: el Polo que se derrite, la desertización, las inmensas zonas castigadas por interminables sequías, los desastres naturales¿ Todo, provocado por el calentamiento de la tierra. Cada año que pasa es anotado como el más caluroso desde que hay termómetros. Produce angustia pensar qué planeta estamos dejando a nuestros hijos y nietos. Ignoramos si están condenados a vivir en un infierno.
Dentro de ese panorama global, España es un pequeño punto. Aunque todos nos pusiéramos de acuerdo en no contaminar más, no aportaríamos nada. Y como idéntica reflexión la pueden hacer el resto de las naciones, la perspectiva del desastre es imparable. De poco sirven conferencias y protocolos como Kioto: no se puede frenar el deterioro. Cuando lleguen las energías que no contaminen, ya será tarde. No hace falta ser ecologista para tener esa percepción.
Ahora bien: existe esa destrucción colectiva de la atmósfera y la destrucción, tan nuestra, del medio natural. En eso, España se lleva la palma. Los árboles plantados en invierno se queman en verano. Los letreros de carretera que señalan un río pueden indicar perfectamente un río del pasado, del que no queda ni una miserable gota de agua para recuerdo. Se contempla el automóvil como instrumento de muerte en la carretera, pero la contaminación causada por los coches mata cinco veces más que los accidentes. Y el cemento. El cemento avanza como una apisonadora en un festival de construcciones que enriquece a algunos y perjudica a todos.
Y todo eso ocurre ante nuestros ojos y parece la plaga del mejillón cebra: no se puede combatir. Políticos y agentes sociales lo denuncian en sus discursos. Los partidos lo meten en sus programas. Los medios informativos publican fotos de la destrucción sistemática y contundente. Y todo sigue igual. Desesperadamente igual. Hay como una impotencia colectiva sobre la que se yergue, orgullosa y triunfante, la especulación y su parienta más próxima, que es la corrupción.
Todos sabemos que no se puede hacer nada contra el calentamiento; que se puede hacer poco contra la contaminación que nos mata; pero ¿de verdad no es posible frenar el destrozo del paisaje? ¿De verdad es imposible que quienes mandan en este país se pongan de acuerdo y decidan salvarlo? ¡Ah, ya sé! Todos se apresuran a decir «adiós, España» cuando una autonomía ve reconocida su identidad. Nadie lo dice cuando la especulación se dedica a destrozar el país.
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