
El contingente español en Afganistán perdió ayer a su mejor aliado, al hombre que frenaba el avance de los talibanes hacia el territorio que controla la Brilat. Murió asesinado en la peor ola de violencia tribal que ha azotado la zona desde que los militares españoles se desplegaron en el oeste del país. Al menos 32 personas perdieron la vida entre la madrugada del domingo y la mañana de ayer, según los cálculos más optimistas.
Ese «colchón antitalibán», como lo definían los mandos españoles, se llamaba Amanulá Khan, y era el señor de la guerra de Shindand, una comarca del sur de Herat. Hasta hace un año, Khan y sus milicias pasaban por ser la peor pesadilla de los mandos españoles, una fuente de inestabilidad, narcotráfico y violencia que amenazaba con desestabilizar la zona.
La Voz visitó a este antiguo comandante talibán el año pasado en su bastión de Zer Quh, un lugar al que ni la policía afgana ni el Ejército se atrevían a entrar. En aquella entrevista, el señor de la guerra jugó a ser un niño bueno, negó sus vínculos con la droga y con los talibanes y aseguró que apoyaba la presencia de las tropas internacionales. «Me salió la barba combatiendo. Ahora tengo 45 años y sólo quiero vivir en paz», dijo. La realidad era bien distinta, y Khan siguió siendo un dolor de cabeza para los españoles hasta mayo. Entonces todo cambió.
Ocurrió en Herat. Amanulá había sido invitado a una reunión. Allí, sus enemigos de los clanes rivales le habían preparado una emboscada. Se salvó por los pelos. Herido, se negó a ir a un hospital local. Sabía que allí no duraría mucho y pidió ayuda a los españoles. Los médicos del contingente lo salvaron, y ganaron un aliado crucial. Amanulá se convirtió en Manolo .
Una alianza de intereses
Agradecido, Manolo fue un escudo que los españoles supieron utilizar. Acudían a su casa a comer, cuidaban de la salud de su familia. Aquella no era una relación de amistad, sino de interés. «Amanulá era un hijo de puta, pero era mejor tenerlo como aliado», comentaba ayer un militar español. Khan era útil porque al sur de su territorio, en la provincia de Farah, los talibanes se estaban haciendo fuertes y comenzaban a expandirse hacia las zonas fronterizas con Herat. Él los frenaba. Era pastún como ellos y había estado entre sus filas. Quienes querían sumarse a una milicia lo hacían a la de Amanulá, y no a los talibanes. Y él había decidido no ser hostil con los españoles.
El domingo, Khan no tuvo tanta suerte como en mayo. El jefe del distrito lo llamó para una reunión. A la vuelta, un grupo de hombres lo esperaba, según contó a La Voz su hermano Haji. Desde una colina, los emboscados acribillaron su coche. Amanulá, su hijo y otras cinco personas murieron.
La venganza no se hizo esperar. Haji, juntó a todos los miembros disponibles de su tribu, los Nurzei, sabía donde buscar. Han estado enfrentados al clan rival, los Barakzei, desde la noche de los tiempos. De hecho, el jefe de este último grupo había sido asesinado hacía 20 días, y todos apuntaban a Amanulá como el culpable. Haji y sus hombres entraron en el bastión rival de Urain a sangre y fuego.
Los recuentos de víctimas difieren. El más fiable habla de 32 entre los dos bandos, aunque en el contingente español hablaban hasta de 70. El Gobierno afgano envió ayer tropas a la zona para parar unos combates que ya implicaban a unos 500 hombres armados en cada bando. Consiguieron detener la lucha, pero desde el bastión talibán de Bala Bulluck, en Farah, los Nurzei enviaron ayer a más hombres para consumar la venganza.
España, al margen
Los españoles han decidido no intervenir y no tienen previsto mandar a las patrullas de la Brilat a la zona. Su participación se redujo a evacuar a varios de los heridos. Dos de ellos estaban muy graves, con disparos de bala en el pecho y heridas de metralla. «El enfrentamiento fue total. Los helicópteros que fueron allí a traerlos vieron muchos heridos», dijo el teniente coronel Armando Torner, jefe del hospital español.
Las consecuencias de la muerte de Khan para el contingente español y para la Brilat están todavía por ver, pero ayer había caras de preocupación. «Hemos perdido a nuestro tapón. Ahora, a los talibanes les va a resultar más fácil reclutar hombres en aquella zona», resumía ayer un mando español.
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