
ME HABÍAN dicho que para regresar a pie de Mariatrost a Graz había un camino de montaña amenísimo que arrancaba poco más arriba de la puerta del cementerio, flanqueada -como en todos los cementerios austríacos- por la impresionante lápida con los nombres de todos los caídos de la zona en las dos guerras mundiales. El caso es que me equivoqué y terminé embocando una senda a media ladera, también deliciosa, en lugar de seguir la que cresteaba. Una hora más tarde, en un cruce, no supe cómo continuar.
Había allí, frente a una casa, un nativo enorme y rubio, de unos treinta años, que intentaba acomodar con la ayuda de su mujer a tres niños, con sus correspondientes sillitas, en un utilitario de color rojo. Le pregunté y respondió, muy amablemente, que ambos caminos conducían a Graz: uno, atravesando la loma -probablemente conectaba con el que debería haber tomado-, llegaba a un lago y después caía justo en el barrio al que me dirigía. El otro era más rápido, pero urbano. Pregunté cuánto tardaría por el primero. El hombre se quedó pensativo un momento y dijo: «A ti... te llevará una hora y media». Me hizo gracia el modo de decirlo, me reí y le di un «gracias» con tono y cara de burla.
Entonces sucedió el milagro: el gigantón se abalanzó sobre mí riéndose y pidiéndome perdón al mismo tiempo. Me cogió por los hombros, como sin atreverse a abrazarme, y me dijo: «No, no. Digo que tardarás hora y media porque no sabes el camino, no por otra razón», y seguía riéndose. Nunca me había sucedido nada similar, ni siquiera aproximado, en un país no latino. Nos despedimos contentos y entre risas -los niños también reían, aunque vete a saber de qué- y yo me convencí aún más de algo que ya había sentido la primera vez que pisé Austria: estaba en casa.
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