
Crónica | Reconocimiento al fundador de Igrovi, Ignacio Rodríguez
El empresario participó ayer en las jornadas sobre historia local del IES Antón Losada
MARCOS MÍGUEZ
Si todas las empresas fuesen como la Carrocera Moderna (más tarde llamada Igrovi), en A Estrada no harían falta talleres ocupacionales ni oficinas de empleo. El industrial estradense Ignacio Rodríguez fundó en los años sesenta una fábrica de autobuses que dejó a A Estrada sin jornaleros. El empresario apostó por la contratación de empleados estradenses y, en su época de apogeo, llegó a tener en plantilla hasta trescientos. La falta de formación no era inconveniente para conseguir un empleo. El industrial trajo especialistas de fuera para formar a sus propios obreros y A Estrada se convirtió en la localidad en la que se expidieron más carnés de conducir para mujeres. Los hombres ya no trabajaban en el campo y las mujeres necesitaban valérselas al volante.
La historia de la primera gran empresa estradense la repasó ayer el hijo del empresario, José Ángel Rodríguez, en el transcurso de las jornadas sobre la historia local que se celebran en el IES Antón Losada Diéguez. A la charla asistió también el propio Ignacio Rodríguez, al que los organizadores del acto quisieron brindar un homenaje por su importante papel en el desarrollo estradense.
José Ángel Rodríguez recordó que la de su padre fue la primera factoría de España en fabricar autocares en serie.
Ignacio Rodríguez apostó por la producción en cadena. Los chasis se compraban a empresas foráneas. «Los que los traían parecían extraterrestres cuando se veían venir por la carretera conduciendo una estructura de hierros con cuatro ruedas, con gafas de piloto y periódicos en el pecho», explicó Rodríguez. El resto del autocar se fabricaba íntegramente en A Estrada, desde la chapa hasta los cristales y tapicería. «Algunos llevaban hasta tragadiscos», recuerda.
La fábrica llegó a producir un autocar al día. Dos o tres si eran pequeños. Cada semana salían al menos seis vehículos de A Estrada para surtir a las flotas de las ciudades españolas. La de Madrid se hizo toda en A Estrada, lo que obligó a abrir un taller en la capital para encargarse de los trabajos de mantenimiento.
A Estrada vivió una auténtica revolución industrial hasta que algunas de las personas en las que el industrial había depositado su confianza empezaron a apropiarse de los beneficios «desviando mercancía y falsificando facturas». Con un sospechoso incendio del papeleo de por medio, la empresa acabó en quiebra.
Pese a ello, los obreros, que llegaron a hacer horas gratis para tratar de levantar la empresa, todavía hablan de Ignacio con una devoción con la que no se habla de un jefe cualquiera.
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