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  • 27 de agosto del 2005
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ULTIMA

Diplomacia gallega en Nueva York

El mundo a los cuatro vientos
Roberto Varela, gallego natural de Deva, ocupa el consulado español de Asuntos Culturales en la Gran Manzana, tras haber pasado por las embajadas en Bonn y Kuwait



El diplomático gallego Roberto Varela, frente al Central Park neoyorquino

				T.?L.

Que un diplomático debe ser agradable es algo que se presupone a cualquiera que ostente este título. Que un cónsul de Asuntos Culturales resulte también entrañable es, además de una buena noticia para el periodista, un estatus que sólo la naturalidad puede otorgar.

Roberto Varela, cónsul de España para Asuntos Culturales en Nueva York, posee esa extraña combinación que le permite ejercer su profesión sin esforzarse, o lo que es lo mismo, ser correcto en todo momento con la mayor espontaneidad.

Sin tensiones, relajado y sonriente en su balcón con vistas a Central Park, Varela cuenta que siempre tuvo clara su vocación internacional. «Desde niño, siempre andaba acercándome a los extranjeros que llegaban a mi pueblo. Me ofrecía para guiarles, para hacerles de traductor, lo que fuera».

Natural de Deva, tuvo que esperar a su época universitaria para cumplir su deseo de ser él el foráneo. Estudió Ciencias Políticas en París -antes se había licenciado en Filosofía en Barcelona-. No fue hasta 1989 cuando comenzó su carrera diplomática, según él, «un poco de casualidad, porque salieron unas oposiciones». Aprobó, a la segunda, y comenzó a pasear maletas y un ligero acento -«Soy 100% gallego», dice- por varias embajadas.

Alemania y Kuwait

Primero fueron cinco años en Bonn, en plena postreunificación. Después llegó Kuwait, donde permaneció otros dos años, y finalmente Nueva York. Un ajetreo que no siempre resulta tan emocionante: «Realmente es difícil cambiarse cada dos años de casa, a eso no se acostumbra uno ni siendo gallego».

A él la moriña se le materializa en «astronómicas facturas telefónicas» para paliar la falta de su familia, de la lluvia o de los paseos en coche por la costa. «Es sólo una de las partes duras de ser diplomático». Un oficio para el que, asegura, haber nacido en tierras celtas es muy positivo: «Sobre todo cuando estás en medio de un conflicto. Siempre queda muy bien salir a la gallega ». Generoso, y ante la cara de póker de la periodista, Varela concreta: «Sí mujer, diciendo ''depende''».

Pero no todo es tan fácil entre los privilegiados por la inmunidad. Curtido en la profesión «casi más vieja del mundo», el cónsul reconoce que su oficio está demasiado idealizado: «A veces tu función sólo consiste en acompañar a alguien al aeropuerto, no es tan divertido» como parece.

Risas nerviosas

Las risas, confiesa, suelen ser más bien nerviosas. Como en aquella ocasión en que los Reyes se desplazaron a Kuwait para descubrir una placa que decía textualmente: «A sus majestades los Reyes de la República de España». «Fui corriendo a que la cambiaran, fue un error, pero yo lo pasé fatal».

Ahora, y tras pasar por el sillón de subdirector de Cultura internacional en Madrid, su principal preocupación es «romper con los tópicos de las castañuelas y los volantes como única cultura española». En su nuevo puesto, casi profético para alguien que se considera «un artista frustrado, aficionado a la fotografía y al piano», pretende que la idea de una España modernizada llegue a todos.

Amigo de la buena música y más aún de los buenos cuadros, en su casa cuelga nada menos que un Tapies, junto a una escultura del artista gallego Francisco Leiro, uno de sus amigos personales.

Sin embargo, los grandes nombres no son los únicos que se leen en su en su agenda de trabajo. «Verás, desde mi punto de vista, lo que el Estado debe hacer es apoyar precisamente a aquellos artistas que no llegarían fuera por sí solos».

Respuesta diplomática

La entrevistadora duda un momento si tachar la declaración de demasiado «diplomática». Pero sólo hace unos minutos que el cónsul la ha advertido de que esa palabra está mal utilizada, «porque la verdadera función de todo diplomático es saber trasmitir ideas, sin ofender a nadie».

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