
CONTRASTES
TREINTA años después de aquella exposición inicial en la que, tímidamente, se daba a conocer, sigue sorprendiendo Diego de Giráldez con su arte peculiar; ése su mundo de silencio, de muerte, de inanición generalizada, en la que todo queda trascendido de misterio.
Muertos e impresionantes están sus bodegones, que deberían aludirse con la denominación fran cesa, «naturaleza muerta».
Muertos sus objetos de cristal, sus animales. Como embalsamados, esos gallos que quebraron noches, y no albores cidianos, cacareando a destiempo.
Tumefactos y sobrecogedores sus cristos humanizados, con algo de preocupante en su alejamiento de toda estética tradicional y halagadora.
Giráldez ha decidido reunir tres décadas de su quehacer, fidelísimo, siempre en la misma línea, un punto tétrico y, sin embargo, no solanesco, sino con acercamientos a modos del postbarroco, en un tenebrismo que podía emparentar con artistas olvidados que cuelgan en altos muros de templos penumbrosos.
Tanto, que algún día, quizá, se entusiasme con esos mártires decapitados que portan, o exhiben, su propia cabeza en las manos y que pueden verse por tantos conventos hispanos de órdenes misioneras.
Porque a quien no se parece nuestro pintor de A Cañiza, donde tiene museo propio que es fiel reflejo de su misma persona, es a Valdés Leal, quizá porque no le conoce, aunque sea el campeón de la exhibición de lo tétrico y sentencia de las vanidades humanas.
Técnica peculiar, fondos negros, objetos doblemente inanimados, porque en su realidad carecen de vida y en la representación pictórica han sido sacrificados de nuevo. Pintura para ornar celdas y muros cartujanos o camalduenses, ya que invitan, o mejor, exigen, meditar sobre el más allá; sobre lo que, inerte, será perdurable.
Ningún pintor nuestro ha mostrado tan intensamente su obra en tan corto espacio de tiempo. Diego de Giráldez ha recorrido medio mundo, y aquí, en esta antológica, está una síntesis de ese vagamundear. Cada cuadro es un autorretrato, aunque la figura apenas exista.
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