
Reportaje | Las condiciones meteorológicas del 13-N
El «Prestige» se enfrentó a algo impredecible: un centro de bajas presiones que
se intensificó a una velocidad vertiginosa en la zona donde navegaba el petrolero
MÉTÉOFRANCE
Sólo los que conocen los efectos de un temporal duro en la mar, con rachas huracanadas batiendo en el costado de un buque y olas de ocho metros cubriendo la amura de babor, como ocurrió en el caso del Prestige, podrían calibrar sin demasiado error la relación que existió entre la situación meteorológica registrada el 13 de noviembre de 2002 y la desgracia del viejo petrolero, de su viejo capitán y de lo que luego sobrevino en Galicia.
Por intentar aproximarse, las condiciones de aquel día revistieron la adversidad característica de los temporales del Suroeste, típicos de estas latitudes en los meses de invierno, agravada por la existencia de un «tren canadiense», que en lenguaje de marinos equivale a la cadena de borrascas que cruzan el Atlántico desde la región de Terranova hasta Irlanda y que, antes o después, acaban tocando Fisterra. En realidad sólo son una manifestación de la eterna pelea entre el aire tropical y el aire polar y del consiguiente intento de la atmósfera por equilibrar ambos extremos, pero no siempre -o casi nunca- comprenden una extensión tan vasta como la de aquella semana: del oeste de Rusia a Canadá y del océano Glacial Ártico a la Península Ibérica, miles de kilómetros dominados por centros de bajas presiones, cada cual más profundo.
El primero con el que tuvo que lidiar el Prestige fue el que se situó al oeste de Irlanda con 975 milibares de presión y que, en la mañana del día 13, envió sobre su derrota un potente frente frío, quizá desencadenante de la vía de agua inicial. Pero ocurrió algo impredecible. Una borrasca secundaria comenzó a formarse en el área por donde navegaba el petrolero, al borde de Galicia, profundizándose a una velocidad vertiginosa. En pocas horas bajó de 1.004 a 985 milibares, y allí, cerca del ojo, en medio de la espiral de viento que parte de su núcleo en sentido antihorario, quedó aproado el petrolero de Mangouras, derivando dos millas e intentando capear rachas que, si no fueron huracanadas, sí llegaron a tormenta tropical.
El buque y el ciclón siguieron persiguiéndose en los días posteriores hasta que finalmente el Prestige reventó justo en la víspera de la llegada de una nueva borrasca, espantosa, a juzgar por sus 965 milibares de presión. Atrás quedaban los dos temporales y las rachas del Suroeste de 135 kilómetros por hora registradas en la costa coruñesa el día 13.
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