
OPINIÓN
La editorial compostelana Follas Novas, en la colección Los libros del caracol , que dirige el ferrolano y catedrático Luis Alonso Girgado, ha dado a la luz, en estos días, un libro de poemas de Antonio Martínez Barcón. El volumen, pulcramente editado, se titula Poemas de la tarde antigua , y se abre con un esclarecedor y analítico prólogo del director de la colección.
Se trata -el libro- de un poemario breve, pues consta de tan sólo veintisiete composiciones, la extensión de las cuales oscila entre los ocho y los veintiséis versos, y de cuyos otros aspectos formales cabe destacar, por encima de cualquier otra cosa, la existencia de una máxima e intencionada -y rebelde- libertad elocutiva.
Así, por ejemplo, en cuanto a la métrica se refiere, se ha optado por el abandono del isosilabismo y del ritmo exterior de los versos (esto último hábilmente sustituido por un ritmo interior), e igualmente por el abandono de toda rima y hasta de cualquier tipo de ordenación o estructuración que pudiera parecer estrófico. E incluso, en los poemas, para de ese modo hacer posible la elevación de los mismos a la más alta temperatura lírica, el autor también quiso y supo erradicar de sus versos hasta el más mínimo lastre de lo que en poesía se entiende por historicidad racional. A cambio, y para conseguir, de esa manera, una mayor y más profunda y más impactante eficacia comunicativa, el poeta, intuitivamente, asismismo supo ordenar -desde la perspectiva que Dámaso Alonso define como la de la forma interior -, supo ordenar, digo, el desarrollo lírico de cada poema con el empleo de la difícil técnica expresiva de los alogicismos y de otros complejos procedimientos de vanguardia.
Además, en todo momento, para así convertir las cargas y sobrecargas poéticas en mucho más operativas -e incluso para potenciarlas al máximo-, el poeta se supo servir de originales, oportunas y calientes imágenes oníricas y visionarias, de metáforas y siniestesias muy atrevidas, de superposiciones, de rupturas del sistema y otros varios artificios y figuras de la expresión literaria, casi todos ellos de clara filiación superrealista.
Digamos, por otra parte, que el contenido del libro, a pesar de su brevedad -o seguramente que favorecido por esa misma circunstancia- es, todo él, de una gran y conmovedora belleza poética. Se desarrolla, dicho contenido, mueve y anda sobre queridísimos planos calientes. Planos (y senderos) profundos y emotivos, dorados por ese inverosímil sol de las tardes antiguas, y gracias a los cuales, mágicamente, se nos hace posible el viajar, cruzando intimísimos y olvidados y muy entrañables paisajes interiores, al siempre tan poderoso y eterno -ay, creíamos- tiempo de la infancia.
Materiales nobles y líricos
Como una pequeña muestra de materiales nobles y líricos más utilizados por el poeta se podrían transcribir los siguientes: (...) «la tapa de mi caja en que la infancia guardo / entre senderos escondida,» (...) «En las sillas, la oscuridad enciende / conversaciones de telas estampadas,» (...) «En el viento de aquella tarde tan antigua / un rumor conversa en voz muy baja / con uno de los rostros de aquel cuadro.» (...) «Como una mano que se abriera de repente y se le fueran cayendo pedacitos de niño.» (...) «Arrumbados desvanes cruzan de pronto,» (...) «Mi rastro, mezclado con la sombra de un niño / olía todavía a libro arrinconado.» (...) «Volví a mirar, por si aún era domingo / el rinconcito donde se apoltronaba el sol.» (...) «En el dorado patio el sol duerme la tarde.» (...) «De vez en cuando, labraba atardeceres».
En el poema titulado «El libro que ha llegado» -y que es uno de los mejores del volumen-, el poeta, en una culminación de hondura y emotividad, nos hace ver y sentir la herida de belleza que le produjo la lectura del deslumbrante -y único publicado- libro de poemas de su gran amigo Mario Couceiro.
En fin, que Poemas de la tarde antigua -el tan bello como íntimo y nostálgico poemario de Antonio Martínez Barcón- está rebosante de hermosísimos y muy profundos versos verdaderos.
Es un libro que, aunque en él se trate, con hondura y estremecedora melancolía, de un tiempo querido y ya parado, es decir, del siempre inexorable paso del tiempo, sin embargo y por contra -se puede anticipar con seguridad-, el tiempo sí que nunca conseguirá que pase este libro.
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