
Navegó por medio mundo en pesqueros y mercantes hasta que llegó a Galicia, donde desde hace trece años crecen sus raíces y espera la nacionalidad española
RAMÓN LEIRO
Joseph Okutu no tiene morriña. No cambiaría su Galicia adoptiva por su Ghana natal porque aquí tanto él como su numerosa familia tienen futuro.
A eso vinieron, a ganárselo, escapando de la pobreza y la incertidumbre de un mañana todavía sin hueco en el calendario de un país que, como el ghanés, malvive gracias a la explotación del cacao y la madera, pero en cuyas minas ya no queda oro ni para empastarse los dientes. «Se lo llevaron todo los británicos», sentencia Okutu, un respetable y orgulloso padre de cuatro chicos y una niña que, con seis años, ya sueña con desfilar en las pasarelas de moda.
Según el censo de enero del 2003, en Marín residen 164 ghaneses, la colonia inmigrante más numerosa de entre la amalgama multicultural en que se ha convertido el municipio pontevedrés, en donde armónicamente conviven cerca de 700 nuevos gallegos con origen en cuatro continentes. El africano Okutu es uno de esos nuevos paisanos cuya aportación contribuye al impulso del producto interior bruto y al rejuvenecimiento de un país con marchamo geriátrico.
Como Simbad, protagonista de uno de los cuentos de Las mil y una noches, se echó al mar, aunque no en busca de fortuna, sino para ganarse el pescado de cada día. El chico Okutu apenas sumaba 19 años. El oleaje lo zarandeó de océano en océano y tuvo que aceptar duras condiciones de trabajo -sin seguridad, sin papeles, sin nada- para subsistir y hacerle un requiebro al destino, que debió de pensar que no se debe apretar tanto si no se quiere tener cargo de conciencia. Por eso, seguramente, le ofreció una tregua.
Oficio de esposo, orgullo de padre
La encontró en Benín, otro pequeño país de África Occidental, donde, además de los de pescador y jefe de máquinas, halló también el duro oficio de esposo.
Una hermosa mujer de nombre Cecilie le abrió los brazos y el corazón, y entonces ambos se propusieron el mejor proyecto posible: formar una familia.
Fruto de ese compromiso es su descendencia: Edmund, de 23 años; Joseph, de 21; Wilfred, de 19; Jean Marie, de 15, y Elvira, nacida en Galicia, de 6. Los dos primeros bregan en el mar, el tercero, mecánico de coches, lleva sólo dos semanas en Marín y ya tiene contrato de trabajo; el cuarto estudia secundaria y compite en el equipo de atletismo San Miguel, y la niña cursa primaria en el colegio María Inmaculada.
Joseph Okutu saca pecho cuando habla de su progenie. Le sobran los motivos.
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