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  • 20 de diciembre del 2003
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La jugada más arriesgada del coronel Muamar el Gadafi

Análisis | La aproximación a Occidente
El líder libio se libra de un destino similar al de Sadam al anunciar que renuncia a sus programas de armas nucleares, lo que beneficia la carrera electoral de Bush



Unas jóvenes observan los nombres de las víctimas del atentado de Lockerbie en un monumento

				MAX NASH

Los inspectores de armas en Irak están de enhorabuena. Mientras el viernes hacían las maletas en Bagdad (donde, discretamente, se ha decidido poner fin a la búsqueda de las míticas «armas de destrucción masiva»), Muamar el Gadafi los salvaba del paro al anunciar que abre sus arsenales al escrutinio de la comunidad internacional. Salvaba también de paso a George W. Bush, para quien ésta es ya la segunda buena noticia en una semana. Y se salvaba a sí mismo de una suerte similar a de Sadam Huseín. Quizá.

Desde luego, hay una gran diferencia entre Gadafi y Sadam. El primero siempre ha sabido moverse con facilidad entre ideologías dispares, hasta contrarias.

Mientras Sadam se aferró a sus errores de cálculo, Gadafi ha sabido anticiparse a los vaivenes del tiempo. Nasserismo, socialismo, islamismo... todos los ha sabido circunnavegar este hombre que tomó el poder a los 27 años y que a sus 61, ya el líder más veterano del mundo árabe, todavía mantiene la falsa modestia de no ascenderse a sí mismo (sigue siendo «coronel»). Con este anuncio de transparencia, Gadafi intenta ahora lograr lo que Sadam no pudo: abandonar el estatus de «paria» y evitar ser arrollado por Estados Unidos.

Lo irónico es que, en algunos sentidos, Gadafi ha sido «más Sadam que Sadam». Mientras que nunca fue cierto que Irak financiase el terrorismo internacional, sí lo es que Libia fue, durante años, un centro de entrenamiento de grupos armados de todo el mundo. Por no mencionar la voladura en 1988 de un avión Pan-Am 130 sobre Lockerbie y de otro francés sobre Níger, ambas organizadas por la inteligencia libia en represalia por el bombardeo norteamericano de Trípoli dos años antes (en el cual, por cierto, había muerto la hija de Gadafi). A raíz de aquello, Libia, como Irak, fue sometida a sanciones económicas durante diez años.

¿Por qué este cambio de dirección, ahora? Para el presidente George W. Bush es el resultado de su política de escarmientos, y no hay duda de que el fin del régimen de Sadam Huseín tiene que haber influido. Pero lo cierto es que la «redención» de Libia comenzó hace años, y tiene que ver sobre todo con el cansancio de las sanciones y el fracaso de la aproximación económica a África.

Ya en 1999, Muamar el Gadafi entregó a los dos sospechosos del «caso Lockerbie» para que fuesen juzgados en Holanda, y desde entonces no ha ahorrado gestos de acercamiento a la comunidad internacional, desde pagar el rescate de los occidentales secuestrados en Filipinas hasta gastarse 9.000 millones de dólares en postular Libia para albergar el mundial de fútbol del 2010. Como su hijo Sadi, delantero en un equipo italiano, el coronel quiere volver a jugar en el extranjero.

Todo ello culminó hace dos meses, cuando Libia aceptó su «responsabilidad civil» por el «caso Lockerbie» y el pago de indemnizaciones astronómicas a los familiares de las víctimas, lo que ya le valió el levantamiento de las sanciones puestas por las Naciones Unidas.

Este año, gracias al apoyo de los países africanos, Libia incluso preside el Comité de Derechos Humanos de esa misma ONU que le rechazaba hace tres meses. Ahora, Libia quiere también disfrutar del levantamiento de las sanciones norteamericanas.

Está por ver qué sucederá. La jugada de Gadafi es, como todas las jugadas inevitables, inteligente. Pero también entraña sus riesgos.

La experiencia de Irak muestra cómo un proceso de inspección de armas puede fácilmente degenerar en conflicto, haya armas o no. Libia no parece tenerlas (los agentes del MI-6 británicos y la CIA que ya han visitado el país no han encontrado más que programas obsoletos o incompletos). Pero, no lo olvidemos, tampoco Irak las tenía.

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