
La ceremonia de entrega de los premios fue la más reivindicativa y solidaria de cuantas ha celebrado la Academia hasta la fecha
SERGIO PÉREZ
¡Tiembla, George Bush! La gente del cine español, en la vieja, achacosa y falta de ideas Europa ha dicho, alto y claro, no a la guerra. Y a muchas cosas más . En los Goya de este año había ganas sinceras de tocar las narices. Como si por una vez, el Prime Time y la plataforma privilegiada de esa Primera de TVE que tantas veces sirve de felpudo bajo el que esconder las vergüenzas, se pudieran aprovechar para todo lo contrario y, de ese modo, buscarle las cosquillas a los poderes. Entre la fauna de los cómicos, ya se sabe, gente de mal vivir, abunda el rojerío, la reivindicación libertaria, y anteanoche, ríos de este color se desbordaron en la ceremonia más gamberra, solidaria y plural de cuantas se han celebrado hasta la fecha.
El tono abiertamente contestatario se fijó en el ambiente desde el comienzo, cuando el escenario, a ritmo de charanga, fue tomado por una familia sacada de alguna de las películas de Kusturica. Bajo la carpa de un circo imaginario y felliniano, los presentadores, Alberto San Juan y Guillermo Toledo, disparaban sus dardos envenenados a diestro y siniestro, con invitaciones a que en los consejos de ministros se repartiese maría (¿se imaginan a Michavila haciéndose un porro?), o dando paso a un resumen de la reciente cosecha del cine español que por primera vez incluyó imágenes de los últimos productos de la pujante (esta sí) industria porno local.
«Miedo a la guerra»
Hasta la anfitriona, Marisa Paredes, salió con ganas de atizar, se fumó un cigarrillo en plan «no somos unos apestados», y, en una línea que marcaría la noche, condenó el belicismo norteamericano, mientras alertaba desde el escenario de lo que podía venir. «No hay que tener miedo al humor, hay que tener miedo a la guerra», dijo. Pero nó sólo Bush cobró . La presidenta cantó, sin perder la sonrisa que se le debió quedar congelada a la señora ministra, algunas verdades, como que el cine español necesita poder convivir con el norteamericano, no ser impunemente invadido, como ocurre ahora. Y de eso, como bien se sabe, sólo tiene la culpa quien lo permite y fomenta (el ejemplo de lo deseable sería Francia, donde la proporción es equitativa, 50%-50%).
A lo largo de la esta vez fluida gala, no faltaron referencias a la cada vez más restrictiva política de inmigración, ni a los olvidados de Sintel -que todavía hoy siguen sin solución-, ni a la censura de las teles, ni al interés del Gobierno por reforzar la seguridad, una iniciativa percibida por el gremio de los cómicos como una manera de blindar a quienes poseen riquezas de los que no tienen nada (Gran Wyoming: «Es mejor gastar en policía que en educación»).
Sí, hubo leña para todos. Pero sin duda, junto a la inminente guerra, las mayores críticas se cebaron en la tragedia del Prestige . La identificación con Galicia fue absoluta, y la guinda merecida el premio a Luis Tosar, ese inmenso actor, que recogió su Goya con una pegatina de Nunca máis , la misma frase que pronunciaron Javier Bardem («los políticos tienen el deber de oír al pueblo», añadió), y José Ángel Egido («Nunca máis a la guerra», al recoger los suyos.
En la noche de la solidaridad, era lógico que Los lunes al sol, un ejemplo de cine vivo y combativo, insumiso y necesario, que se ha convertido en uno de los grandes éxitos de taquilla del cine español, arrasase. Almodóvar se lo olió, y ni siquiera se dejó ver. Sus aspiraciones son mayores: el Oscar al mjeor director de un Hollywood dividido ante el conflicto con Irak. Más a ras de suelo, Fernando León, con su eterno look de acabado de levantar, que no cambia por nada, y su alter ego, el incombustible combatiente Querejeta, fueron los encargados de reivindicar que «todos debíamos movernos más».
Genios como Alexandre
Desde luego, esta vez, en la gala hubo mucho movimiento, tanto que el glamur, encarnado en una espectacular Paz Vega, pasó casi desapercibido. El primero en estar de acuerdo en que hay que moverse es el impagable maestro Manuel Alexandre, que a sus 80 años, en el instante más emocionante de la ceremonia, pidió que le dejasen seguir en esa magia -la de las películas- «hasta que llegue a viejo». Todo un ejemplo. Si como se dijo, «el goce es la presencia de lo extraño en un mundo rutinario», el cine necesita para seguir haciéndonos gozar a genios próximos como Alexandre.
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