
La campaña militar prometida por George Bush a raíz de los atentados del 11 de septiembre ha comenzado. Kabul, la capital afgana, supo que las amenazas de Washington se habían transformado en una terrible realidad cuando las bombas americanas y británicas abrieron ayer una nueva era de hostilidades. El presidente republicano dejó claro su propósito en una intervención televisada desde la Casa Blanca. «Ahora los talibanes pagarán el precio».
RABIH MOGHRABI
Los estrategas americanos, acompañados por lo que Bush describió como su «leal aliado» británico, eligieron su arma preferida para iniciar la ofensiva. Un total de 50 misiles Tomahawk guiados por satélite buscaron objetivos en Afganistán.
Llegaron a Kabul, a Kandahar y a Jalalabad, entre otras localidades, desde muy lejos. Desde cuatro buques y dos submarinos desplegados en el golfo Pérsico y el mar Arábigo. Aún no eran las nueve de la noche en el empobrecido país asiático.
Tras los Tomahawk vinieron los B-1, B-2 y B-52. Los segundos procedían incluso de latitudes más lejanas a las que vieron partir los misiles. El Pentágono reveló que atacaron tras viajar sin interrupción desde la base aérea Whitman, en Misouri.
En la operación, que duró varias horas, participaron al menos quince bombarderos y otros 25 cazas. El secretario norteamericano de Defensa, Donald Rumsfeld, evitó confirmar si la ofensiva aérea se vio acompañada con el despliegue de tropas de tierra en Afganistán. Rumsfeld se limitó a decir que hay aspectos de la campaña que «no serán visibles». Pero si poco se sabe de las evoluciones de los comandos estadounidenses, sí ha quedado claro que las fuerzas de oposición al Talibán no se mantuvieron con los brazos cruzados.
Alianza del Norte
Apenas una hora después de que el Pentágono activara su maquina bélica, la Alianza del Norte comenzó una dura ofensiva en la que, según fuentes del grupo, recuperaron hasta once pequeñas villas.
El objetivo angloamericano, sin embargo, no fueron las conquistas sobre el terreno. Rumsfeld explicó que el propósito de los bombardeos consistió en anular las defensas aéreas, los pocos aviones y helicópteros y los centros de operaciones de los talibanes. Al mismo tiempo, se persigue romper el actual equilibrio de fuerzas en el país.
Así, entre los blancos estuvieron los aeropuertos, las sedes de los líderes talibanes y los campos terroristas en los que se preparan los hombres de Osama Bin Laden. La ofensiva sirvió además para limpiar el camino para los vuelos con ayuda humanitaria _cerca de 40.000 paquetes_ que, según el secretario de Defensa, seguieron a la acción militar. Aunque la ofensiva tuvo exclusivamente colores americanos y británicos, Bush la presentó como el resultado de «la voluntad colectiva del mundo». Bush dijo que Canadá, Australia, Alemania y Francia han ofrecido fuerzas para próximos ataques. También subrayó que más de 40 naciones han dado permiso a Estados Unidos para utilizar sus espacios aéreos o aterrizar en su territorio. Afganistán, repitió el republicano, es sólo la primera etapa de la campaña. «Si cualquier Gobierno apoya a los fuera de la ley y a los asesinos de la inocencia, se convertirá él mismo en un fuera de la ley y un asesino. Y tomará ese solitario camino bajo su propio riesgo», añadió.
En Estados Unidos las noticias del ataque fueron recibidas con gritos de «¡USA! ¡USA!» en los estadios deportivos donde el personal disfrutaba de la jornada dominical. En otros casos, como en la concentración pacififista celebrada en Nueva York, las bombas cayeron como un horrible jarro de agua fría.
No todos tienen tan claro que lo que se inició ayer sea sólo «otro frente en nuestra guerra contra el terrorismo para que la libertad pueda prevalecer sobre el miedo», como lo describió el portavoz de la casa Blanca, Ari Fleisher. La sombra de la muerte y el sufrimiento de más inocentes también ha hecho acto de presencia.
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