Rafael Pintos, conocido como el vampiro de Pontevedra, narra en la biografía del «cowboy» gallego la intensa vida de este hombre orquesta, con quien compartió infinidad de anécdotas
En vida de John Balan les unió una gran relación personal, laboral y artística. Ahora, y tras el fallecimiento el pasado 19 de marzo del cowboy más famoso de Galicia, a Rafael Pintos, conocido como el vampiro de Pontevedra, tan solo le queda brindarle un último homenaje: la publicación de su biografía. Bajo el llamativo nombre de Un yankee en la corte de Breogán. Vida y leyenda de John Balan, Vladimir Dragostan (su seudónimo literario) aporta todo tipo de datos sobre el origen común en Seixo (Marín), sobre las principales actuaciones del finado y, en general, sobre la nada fácil pero intensa vida del hombre orquesta.
Para muchas generaciones de gallegos el recuerdo de Balan quedará asociado a su inolvidable indumentaria del lejano Oeste y a su extraordinaria capacidad para imitar sonidos, así como, también, por su conocido número de la puerta, a la que golpeaba con sus puños mientras realizaba sonidos. Asimismo, su nombre evoca aquellas apariciones estelares en la pequeña pantalla, junto a José María Íñigo o El Loco de la Colina o acompañado del propio Rafael Pintos, con quien compartió un tour muy especial en la TVG. A ambos artistas se les encargó hacer un programa en el que debían llamar la atención del turismo sobre la belleza de las Rías Baixas. Pero, eso sí, montados en su sidecar. Rafael Pintos reconoce que lo más curioso del asunto es que él, que era quien tenía que conducir, no sabía, y, así, para lograr movimiento en las tomas cortas se les empujaba con su motocicleta desde lo alto de una cuesta cercana al plató. Asegura, además, que alguna vez tanta inercia se les escapó de las manos y así acabaron en un «campo de patatas patas para arriba».
Pintos también recuerda otro de los momentos más graciosos del rodaje cuando llegados a la Lanzada y en honor a esa leyenda que alaba las propiedades fecundas de las nueve olas, él tenía que preguntar «¿Podo probar?» y Balan contestar «Por probar podes probar, preñado non vas quedar». Sin embargo, toma tras toma, siempre le salía «sen preñar non as de quedar». Así, y al final, Vladimir se dejó llevar y anunció: «Coño, si ya he roto aguas».
Escenas divertidas de dos personajes legendarios. «Era un maridaje perfecto: él como hombre del humor y yo del terror. Aún me acuerdo cuando íbamos en el trolebús. Los conductores eran amables y nunca le interrumpían mientras hacía su consabido número de la puerta y a mí no me decían nada cuando subía con mi capa y, sin querer, ponía en guardia a alguna que otra señora que temía por su cuello». Rafael Pintos asegura que eran como don Quijote (él) y Sancho Panza (Balan), «yo, como un filósofo que soñaba con las nubes y él, como el campechano al que le gustaba la buena comida. Se autodefinía como gran papador de fanecas». Además, Rafael considera que ambos fueron los dos pioneros de la performance gallega. «Mi puesta en escena era desde la sombra del subconsciente, a partir del arquetipo del vampiro, mientras que la de Balan se apoyaba en la credibilidad de su escenificación». Como ejemplo sitúa aquella vez en la que el cowboy, inmerso en un remake del Oeste, «paró un expreso Vigo-Santiago y simuló un atraco con un trabuco de mentira. Ante el susto de los pasajeros, tuvo que parar e incluso fue detenido».
Los últimos años dejan en ambos, sin embargo, un poso más melancólico. Mientras que a Rafael su encasillamiento como vampiro le frenó su carrera, a Balan una enfermedad lo postró en un asilo. Ahora, Vladimir se apoya en su biografía. «Me hubiese gustado que la viese con vida».
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