legó Conde Roa a la alcaldía de Santiago con 20 días de retraso tras el fallido contencioso electoral de sus rivales políticos, por lo que goza todavía de los cien de gracia, más teniendo en cuenta que, con él, el PP agarró el bastón tras 28 años de alcaldías socialistas. Aunque ha moderado formas y tono por exigencias del cargo, Conde Roa demuestra que no es alcalde de medias tintas. Ha convertido la deuda municipal -70 millones- en arma arrojadiza de grueso calibre contra el bipartito saliente, pero la credibilidad le exige saltar pronto de los titulares de prensa a la realidad de una gestión eficaz con pocos recursos. Tampoco le ha importado enfrentarse con los ganaderos porque quiere llevar el mercado semanal a Silleda para ganar un recinto ferial, reivindicar un trato diferenciado para Lavacolla ante la invitación de Feijoo a los alcaldes para coordinar los aeropuertos, o infiltrarse en la movida para practicar mano dura contra el botellón y reducir el exceso de decibelios.
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