Aestas alturas de la película del siglo XXI, cuando parecía que ya estábamos curados de todos los espantos y ficciones posibles, resulta que la pérdida de un solo libro todavía causa conmoción en una sociedad resabiada y fieramente tecnológica como la nuestra. Se ve que la realidad -al menos de momento- importa más que el universo virtual y que no es lo mismo que dejarse caer sin rumbo por otros paraísos artificiales que poder sentir en las yemas de los dedos (o al menos en el cerebro) el tacto de los siglos de un volumen en el que habita media historia de Galicia.
La desaparición del Códice Calixtino que se custodiaba en la catedral de Santiago supone, como han apuntado los sabios, la pérdida de buena parte de la identidad de Galicia, recogida en esas páginas que son la osamenta sobre la que se alza el camino que conduce hasta Galicia a lo largo de la médula de Europa.
Esperemos que esta joya única del siglo XII, una obra que nació precisamente para ser compartida por los peregrinos de todo el planeta, no acabe sus días en las zarpas de uno de esos codiciosos coleccionistas sin escrúpulos que no dudan en pescar en las aguas revueltas del mercado negro.
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