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Reportaje Los esqueletos del pasado industrial

Diseminadas por toda Galicia languidecen decenas de naves y otras instalaciones en estado ruinoso, abandonadas a su suerte al cesar su actividad o sufrir un incendio

Autor:
X. F.
Fecha de publicación:
Hora:
Actualizada a las 1:04 h
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redacción/la voz. Abandonadas, vacías, sin uso. Son edificaciones que languidecen en el olvido, espacios donde el silencio ha sustituido al bullicio empresarial. Diseminadas por toda Galicia se cuentan docenas de instalaciones industriales que al perder su función se han convertido en ruinas, víctimas de la crisis, un incendio o la desaparición de la actividad que desempañaban, entre otras causas. El deterioro que sufren las convierte en potenciales peligros.

La industria conservera ha dejado testimonios de lo que fueron años de esplendor. Solo en Cangas subsisten varias de las 31 naves que funcionaban hace cincuenta años, aunque muchas corren el riesgo de derrumbarse. La que fue a mediados del siglo XX la factoría más grande de Europa, Massó Hermanos, se encuentra en estado ruinoso, como la antigua nave de Rodeira, inactiva desde hace tres décadas. En la comarca de Barbanza, una antigua conservera en la parroquia ribeirense de Castiñeiras sufrió un importante incendio. Lo mismo le pasa cíclicamente a los vestigios de lo que fue la Conservera Celta, a la entrada de A Coruña. Quizá les aguarde el mismo destino que la de la Onza de Oro, en A Pobra, ya derruida en un lugar donde aún se alza la factoría de harinas de pescado Hadasa, cuya futura desaparición permitirá recuperar la playa de A Ribeiriña.

Otro incendio se cebó también con la antigua factoría de salazones de Corme hace apenas unas semanas, aunque pudo ser extinguido antes de poner en peligro casas habitadas. En otros casos, los de las cetáreas, lo que está amenazado es el paisaje. En Camariñas, Muxía y Fisterra hay ejemplos del impacto visual de estas construcciones, algunas enclavadas en parajes privilegiados, y cuyos restos se enquistan a los propios pies del Atlántico.

Porque, por lo general, pocas de estas construcciones cuentan con alguna singularidad arquitectónica. Hay excepciones, como la mencionada fábrica Massó, o la nave de Pontesa, en Ponte Sampaio, en el término municipal de Pontevedra. Inactiva desde hace 6 o 7 años, fue declarada bien de interés cultural. Algunos de estos casos han inspirado nuevos proyectos arquitectónicos, como el del británico Norman Foster para Massó o el anteproyecto de César Portela para unas naves abandonadas construidas sobre un relleno en pleno centro de Cangas. Hasta ahora, no han pasado de ser bocetos.

Estructuras fantasmas

Tierra adentro también se dan casos de instalaciones que se han quedado en fantasmas o esqueletos. Betanzos ejemplifica cómo el cese de una actividad se traduce en la inutilidad de sus infraestructuras: durante décadas, el secadero de lúpulo permaneció vacío, y aún hoy solo tiene su bajo ocupado por un restaurante. En la misma ciudad los skaters utilizan para practicar su deporte un supermercado que nunca llegó a funcionar.

Otros casos son las naves de San Sadurniño, construidas en los años noventa aprovechando unas subvenciones de zona urgente de reindustrialización, los restos del bum de granjas de pollos que experimentaron A Rúa y Petín en los setenta, y que ahora están inutilizadas, una gasolinera fantasma en Arcos da Condesa o una fábrica de ataúdes que quebró en O Ribeiro y que recientemente padeció el mal que afecta de forma especial a las naves abandonadas: el fuego.

Las zonas de montaña tampoco han sido ajenas a este fenómeno. Hace una decenio, una empresa levantó sendas naves en Pedrafita y en las proximidades de Seoane do Courel, que funcionarían como matadero y secadero, respectivamente. Problemas legales y el fallecimiento de uno de los impulsores del proyecto hicieron que las instalaciones nunca llegasen a utilizarse y quedaron abandonadas.

El deterioro de estas construcciones representa, en muchos casos, un peligro. En Carballo, por ejemplo, la fábrica de curtidos Santa Elisa, en Xoane, lleva años sin actividad, y en su interior quedaron bidones con restos peligrosos de su actividad, como aceites y ácidos. Pese a este riesgo, no resulta difícil acceder a su interior.

Información elaborada con aportaciones de las delegaciones de La Voz de Galicia

 

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