Los Costa-Duarte, con nueve niños de entre 2 y 17 años, ponen cara a la alegría que supuso para muchas familias poder instalarse en las viviendas sociales de Ribeira
Últimamente, la televisión anda preñada de programas donde unos expertos, cual hermanas de la caridad, llegan a casa de uno, se la ponen primero patas arriba y se la devuelven luego hecha un primor; con aparadores y coquetas que antes no había, con los tabiques de aquí puestos allá... Sin embargo, no todo el mundo tiene la suerte de que el espectáculo televisivo lo bendiga con una vivienda de revista. Otros tienen que luchar mucho, o esperar hasta la desesperación, para encontrar un hogar asequible a sus bolsillos. Es el caso de muchos de los vecinos que ahora disfrutan de las casas sociales del municipio coruñés de Ribeira. Es la historia de los Costa-Duarte, una de las familias que lucharon por tener uno de estos pisos. Al fin, en junio de este año, les permitieron mudarse.
Precisamente, al tocar el timbre de su casa, lo primero que explican los adultos, es decir, Toño Costa y Dora Duarte, es que «aún está todo sin arreglar, vamos muy poquito a poco, nos la entregaron sin nada», y señalan una pared que está a medio camino de pasar de ser blanca a anaranjada. Sin embargo, por mucho que cuenten ambos, es imposible que el visitante se fije en que apenas hay muebles o que faltan lámparas y cortinas. Lo que llama la atención sobremanera es la legión de niños que empiezan a aparecer por el salón y la cocina. Uno, dos, tres... La cuenta se pierde. Y Toño y Dora, los padres, ayudan a echarla: «Tenemos nueve críos, dos pares de mellizos y el resto que vinieron de uno en uno».
Su historia
Ciertamente, al poco rato, los mellizos Kevin y Ainoa -esta última, una pizpireta rubia que no para un segundo- y Toño y Luis y sus hermanos Sandra, Lucas, Ángel y Dolores observan, sentados en sillas, en el suelo o donde pueden, todo lo que dicen sus padres. Habla él. Ella asiente. Cuenta que mientras la Administración no les dio la vivienda -pasaron seis años hasta que estos inmuebles se entregaron- las pasaron canutas en un piso de alquiler. Señalan que llegaban a fin de mes, pero «pidiendo favores». Ahora, con una renta de 140 euros, el futuro se divisa mejor. Ambos siguen ganándose el pan en lo mismo, él descargando atún en el muelle de A Pobra y ella preparando pescado en una conservera. Dicen que cada mes compran algo, «ahora un sofá, ahora otra cosita». Y ambos tienen un sueño: «Que el día de mañana la casa sea nuestra, ya que tenemos la opción de compra».
El piso que les ha tocado en suerte es un dúplex. Dicen que no se acuerdan de cuántos metros tiene. A ojo de buen cubero, no debería pasar de los 150. Cuenta con cuatro habitaciones, dos baños, un salón y una cocina. Uno piensa que cómo un batallón de niños coge en un espacio así. Pero eso parece ser lo de menos para los Costa-Duarte. «Nos arreglamos bien, por eso no tenemos problemas, tenemos habitaciones con tres plazas, con nidos». Sandra, la mayor, asiente con la cabeza: «A mí me gusta la casa», acierta a decir mientras intenta que el pequeño Toño deje de llorar.
Lo cierto es que no se ven juguetes tirados ni cajas amontonadas. Da la sensación de que, efectivamente, el espacio llega. Recorriendo cuartos, cocina y salón, las únicas muñecas que se ven son dos Barbies. La cara de felicidad superlativa de los pequeños hace pensar que, realmente, no necesitan más.
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