El Concello desaloja tres inmuebles del centro de la ciudad ocupados por ocho perros y tres gatos
Los técnicos de la perrera municipal de Ferrol apenas podían contener ayer las arcadas cuando la policía requirió su presencia para desalojar tres inmuebles del centro (los bajos de los números 16 y 17, y el tercer piso del 13 de la calle Pardo Bajo) ocupados por unos inquilinos poco habituales. Ocho perros y tres gatos eran los moradores que allí había instalado, de manera supuestamente irregular, la protectora Arco da Vella, a modo de refugio.
A la una de la tarde se dieron cita los propietarios legales de los inmuebles, herederos del antiguo dueño fallecido, en compañía de un cerrajero, la Policía Local y los servicios de lacería. Y en cuanto lograron abrir la puerta, un fuerte olor a heces y podredumbre llenó la calle confirmando que los canes no vivían en las condiciones de salubridad más idóneas.
«Lo que es un delito es que una sociedad que cobra unas cuotas y que dice ser una protectora tenga de esta manera a los animales», criticaba uno de los herederos del anterior propietario. Y es que esa particular arca de Noé no era sino un estercolero del que los técnicos municipales sacaron hasta cinco perros, que no opusieron la más mínima resistencia a sus captores y los acompañaron cabizbajos y llenos de mugre al furgón que los llevaría a la perrera.
Cuando se disponían a entrar en el segundo inmueble, el bajo del número 17, apareció en escena Natividad Álvarez, una de las responsables de la protectora de animales. Irritada por la intromisión policial, se dirigió a los agentes para argumentar que era «la usufructuaria» de los locales y que la discusión testamentaria «aún está en el juzgado». Acusó a los familiares del anterior propietario, al que la unía una relación de amistad, de atenerse a «una actuación judicial errónea» para acceder a los inmuebles. Y sentenció: «Ahí no pueden entrar» porque «entiendo que los vecinos estén de nosotros hasta las narices», pero «ahí tengo lo que me da la gana».
Después de asomarse a uno de los refugios, un joven transeúnte salió pitando «a dejar a mi perro en casa, no sea que se contamine» porque, apostillaba, «a nadie se le ocurre tener así a una mascota».
Ni animal ni humano. Pues los vecinos están que trinan desde hace unos dos años, cuando empezaron a hacinar a los primeros perros. «Ya se fueron los de enfrente porque no soportaban los olores». Lo comenta Lina, una vecina del número 13 de la misma calle que muestra el techo de su salón lleno de humedades procedentes del piso de arriba. Donde dos perros y tres gatos campaban a sus anchas y hacían sus necesidades en el suelo sin ningún tipo de control. Eso sí, «los comederos están llenos», asentía uno de los laceros conteniendo la respiración.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios