La polémica divide a un pueblo acosado por la presión mediática. Unos defienden a los chavales, mientras que otros vecinos celebran que por fin la policía los hostigue
La frase del título corresponde a una vieja divisa del pueblo que en Palmeira todo el mundo conoce. «Sangre en New Jersey y arena en la playa», continúa el dicho. Pero, de momento, allí la sangre no ha llegado a la arena. Para muchos, las cosas están mejor que la semana pasada. Las autoridades han reaccionado y las patrullas de policía son ahora visibles durante todo el día. ¿Objetivo? Dispersar a un grupo de chavales desocupados que, según esta parte del pueblo, se dedicaban a causar desperfectos en propiedades públicas y privadas, a insultar y amenazar a los vecinos. Otra parte opina que las cosas se han llevado demasiado lejos y que el despliegue de medios de comunicación de toda España está llevando la vergüenza al pueblo.
Ayer, un grupo de vecinos se reunieron para protestar por estas medidas, que han incluido un cruce de denuncias por insultos y amenazas entre los chavales y una vecina, tras varios días de enfrentamientos. El resultado fue la detención de dos hermanos, una orden de alejamiento y una severa reprimenda del juez para que ninguna de las dos partes insista en su actitud.
La calle de los cristales rotos
Cualquier vecino de Palmeira se ofrece a mostrar las huellas del vandalismo. Especialmente por una calle sinuosa en la que, durante los últimos carnavales, algunos se dedicaron a romper sistemáticamente todos los cristales a su alcance. Muchos de los inmuebles son de veraneo, con lo que sus dueños no han arreglado todavía los desperfectos. Así que ahí está el resultado para que todos lo vean. La calle de los cristales rotos. Llamando a las puertas de quienes sí cambiaron los vidrios se obtiene poco más del silencio. «Teño prisa», «Agora non podo atendelos», «Non teño nada que dicir». Hay miedo, no cabe duda.
Un poco más arriba, en la Casa del Mar, uno de los objetivos favoritos del vandalismo local, se desgrana un catálogo de afrentas: coches rotos, trompos en el puerto, motos robadas, contenedores ardiendo. Nadie quiere nombres y mucho menos fotos. Desde luego, no temen por su vida, aunque sí por el retrovisor o las ruedas de su coche. La palabra estrella: represalia.
No todos pintan el apocalipsis. En un comercio de esa calle, esos días locos del carnaval, un hombre arrancó la tapa de una alcantarilla y la lanzó contra el escaparate. «O señor foi identificado e o cristal reparado e pagado. Todo esto sobrepasouse e agora está o pobo enfrentado», dice el dueño.
Salvajadas en carnaval
Muchos relativizan las salvajadas: «Foi en carnaval», dicen. Caretas, bates de béisbol y patente de corso. Este año, todo el mundo lo admite, se desmadró un poquito. Hasta hubo uno que se fue con dos balinazos. Pero, bajo aquellos incidentes, muchos de los cuales siguen su curso en el juzgado, late otro conflicto que se desbordó está semana.
Los chavales, una veintena de entre 14 y 26 años, desocupados en su mayor parte, se han encontrado frente a un grupo de familias que viven en el entorno del pequeño puerto y que les riñen o llaman a la policía cuando se reúnen en esa zona, lo cual ocurre durante buena parte del día.
A partir del carnaval, el enfrentamiento subió de temperatura. Una familia afirma haber recibido serias amenazas de muerte por parte de dos jóvenes, hermanos, que resultaron detenidos y a quienes el viernes dictaron una orden de alejamiento. Acción-reacción. Familiares y amigos de los dos hermanos se concentraron ayer con pancartas para mostrarles su apoyo y reivindicar que en Palmeira no hay miedo a salir por la calle.
El mismo viernes, cuatro de los chavales presentaron una denuncia contra la mujer que había hecha pública la situación. Lo hicieron por amenazas de muerte, insultos y golpear a uno de los menores. «Se é menor para insultarme, tamén o é para levar unha patada no cu». A esta frase no le faltan aplausos. Pero, a lo largo de la semana, después del show televisivo, Ana Rosa incluida, algunos están replegando velas.
Lo peor se ha concentrado en dos hogares de esta población de más de 3.000 habitantes. La madre de los dos hermanos estaba el viernes desesperada, igual que la vecina que los denunció. Alrededor de ellos se han ido polarizando las opiniones de un pueblo donde, como dicen los chavales, no existe ninguna alternativa de ocio, prelaboral, cultural o de tipo alguno. El Ayuntamiento de Ribeira guarda silencio sobre la crisis de Palmeira, donde ahora, efectivamente, sí parece haber un problema. Dos Palmeiras. Sangre y arena.
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