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perfil El presidente que quiso instaurar el cambio tranquilo

Moderado, cauteloso y técnico, Touriño pensó que su proyecto era mejor percibido

Autor:
C. P.
Fecha de publicación:

Cuando decidió volver a la política gallega en 1995 para intentar hacerse con la Delegación del Gobierno, le fallaron sus cálculos, al no advertir el poder que aún guardaba Domingo García-Sabell para mantener el cargo. Cuando le ofrecieron ser ministro del primer Gabinete de Zapatero, rehusó el ascenso al advertir que así se le trataba de apartar de una presidencia de la Xunta que él intuía que no se la quitaría nadie al menos en ocho años. «Sería la sorpresa de mi vida, que un señor que no cree en Galicia, [por Feijoo] que está a las cosas de Mariano y de Madrid, ganase las elecciones», decía Emilio Pérez Touriño en un off the record días antes de los comicios que al final, en otro error de cálculo, lo despojaron del mando.

Tenía trazado un proyecto de al menos dos mandatos basado «en el cambio tranquilo», con el que mudar enraizadas costumbres políticas respaldadas más por el clientelismo y el caciquismo que por una visión de país moderna, como el ya ex parlamentario decía, despojándose del traje, en los mítines más rurales.

De naturaleza política cautelosa, dejó en su saldo a favor como presidente haber evitado grandes confrontaciones internas en un Gobierno, que, más de lo que él hubiera querido, se percibía desde fuera partido en dos. No logró que la mitad nacionalista del Ejecutivo despachase con él con normalidad; solo el que era conselleiro de Medio Rural, Alfredo Suárez Canal, lo hacía. Pero externamente Touriño optó por no hacer de ese desplante un motivo de enfrentamiento público que le hubiera restado capacidad para llegar a la reelección con opciones reales.

En plena campaña electoral aseguraba que empresarios y ciudadanos le reconocían esa habilidad, la de presentarse como director de orquesta de un Gobierno moderado, «aunque me recuerdan que llevo al BNG de cola», indicaba para escenificar su esfuerzo por la contención en favor de un proyecto que vendía la transformación tranquila de Galicia como su objetivo último.

Para ese cambio quiso empezar a salvaguardar la costa con la prohibición de construcción en los primeros 500 metros. Touriño trató de impulsar las infraestructuras, pese a la displicencia con la que lo trataba la ministra Magdalena Álvarez, y para dar fe real «del contrato que han firmado conmigo los gallegos» se negó a adelantar las elecciones autonómicas cinco meses, el tiempo que quizás le hubiera hecho falta para que la crisis económica no cortase su sueño, el que aseguró haber empezado a cumplir cuando dirigió las autovías a Galicia.

 

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