Todavía el ganadero y el tratante encienden puros, persiste el regateo y se mantienen estampas que pronto podrán verse solo en representación etnográfica
El día 12 dejó una madrugada de perros en Agolada. Temporal de lluvia y viento hasta bien entrada la mañana. Así no hay feria que resista. Solo entraron 65 terneros rubios, cebados, en ese recinto ganadero que en el lugar recuerdan con más de mil cabezas hace ya varias décadas. Pero pocos viven ya engañados por el temporal de un día. Agolada, enganchada en el mapa desde el norte provincial pontevedrés a municipios de A Coruña y Lugo, en tierra brava de becerros del país, está librando una batalla de resistencia imposible. Es el último gran referente en la agonía imparable de los mercados tradicionales. La Feira do 12 se diluye mes a mes y se lleva con ella mucha historia de la Galicia rural y traduce a realidad los titulares sobre despoblación y abandono del territorio.
La concentración de mercados deja solo tres centros de comercialización: Amio en Santiago, la Central Agropecuaria en Silleda y Castro en Lugo.
El país de las mil ferias de ganado se redujo a tres importantes, una que se resiste a desaparecer y varias decenas más testimoniales. La media mensual de terneros cebados de Agolada fue el pasado año de 123 animales. Los números no engañan. En el 2005, la media había sido de más del doble, 278 becerros cebados.
Es el fin de las generaciones de población que leían el ZZ, el Zaragozano y O mintireiro verdadeiro, almanaques agrícolas de leyenda que pasaron de ser de utilidad a los agricultores -sin previsión meteorológica que tuviera mayor crédito- a referente vivo del refranero, como contrapunto a las previsiones del Meteosat y para recordar las mil ferias que ya no existen más allá del pulpo, del textil, del calzado y de productos de época.
Como una alegoría del fin de las generaciones de los calendarios agrícolas acaba de mostrarse el fallecimiento de José Regadío, de Palas de Rei. Regadío era el cura que durante medio siglo editó O mintireiro verdadeiro.
De los cientos de ferias que aún se recogen en catálogos nunca revisados huyó el ganado hacia otros circuitos de comercialización porque se produce carne con modelos distintos y ya no hay generaciones que apuesten por cebar un becerro en casa. Quien lo mantenía ya no tiene edad. Quien lo podría hacer ya sabe que no es rentable en precio ni en calidad de vida. Y todo esto es liquidar la feria de Agolada, la mejor en becerros cebados, con leyenda y mercado en toda Galicia, con carne de primera y con muchas más verdades que todavía se conservan en la página web municipal pero ya son casi leyenda, porque están en vías de extinción sin que nadie pueda poner remedio.
Agolada cuenta en sus propias carnes la historia de los mercados ganaderos gallegos, de las ferias. Explica perfectamente de dónde venimos y a dónde vamos en este escenario socioeconómico. Fue en el siglo XVIII cuando se creó el mercado tradicional, Os Pendellos, que en los años ochenta fue decretado como conjunto histórico artístico y que ahora se está restaurando. Mientras el recinto actual pierde uso y la asistencia se diluye, se busca salida socioeconómica local sustitutoria agarrándose a nuevos usos de Os Pendellos. Es una manera de tratar de renacer, que no hay muchas posibles en este ámbito. Agolada nació y se hizo fuerte con la vieja feria. Ahora no quiere que la desaparición del mercado sea su agonía y se vuelve a agarrar a las viejas piedras de los pendellos que le dieron brillo.
Mientras, todavía cada día 12 hay más de cien de los mejores becerros cebados de Galicia en Agolada, todavía el ganadero enciende el purito, satisfecho por una venta, el tratante despacha su faria bajo una boina que evita llevar paraguas y el regateo mantiene las estampas que pronto solo podrán verse en ambientaciones etnográficas, como ocurre con la malla o la matanza del cerdo.
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