El río Ulla, «augas apromadas de calma treidora», según Rosalía de Castro, rodea en invierno una famosa fortificación, la de Catoira
Las torres de Oeste, en Catoira, se mantienen en pie de carambola. Justo comenzaba la década de los setenta del siglo pasado cuando los arquitectos, ingenieros, técnicos varios y políticos elegidos a dedo entre los fieles diseñaban el puente que iba a unir la orilla coruñesa con la pontevedresa, y alguien con cierto mando en plaza no tuvo mejor idea que hacerlo pasar exactamente por la isla que desde el medievo ocupan las torres. Derribándolas previamente, claro está, porque allí irían los pilares de la obra que significaba el progreso. Y en esto surgió un hombre llamado Chamoso Lamas, entonces el factótum de las Bellas Artes en Galicia, que se opuso frontalmente a tal desaguisado.
«Es que desviar unos metros al norte el puente para que no tocar las torres cuesta 300 millones de pesetas más», explicó el politicastro de turno. Una fortuna de las de entonces, desde luego. «Pues las torres bien valen esos 300 millones y más», replicó Chamoso Lamas, echándole valor en momentos en los que todo el mundo decía amén o se atenía a las consecuencias.
Y ahí están. Más o menos recuperadas, porque entre tanta fiesta vikinga aún queda mucho por hacer desde el punto de vista arqueológico e histórico. Los amigos del arte no ven con buenos ojos que cada primer domingo de agosto se celebre una multitudinaria juerga en la que se recuerda las invasiones de los vikingos, una mala costumbre de los hombres del norte a la cual el todopoderoso arzobispo Gelmírez quiso -y logró- poner fin construyendo esa fortaleza en el lugar donde ya había habido otra. Lo que sí se ha recuperado es la junquera, tanto río arriba como río abajo. Ahora es posible pasear por el medio de ella, ya que un pasillo elevado de madera permite ese caminar sobre las aguas. Una expresión que en invierno hay que tomar de manera literal, pues con el río Ulla crecido el agua rodea a la más adelantada. El etnógrafo Jesús Taboada Chivite escribió en aquellas décadas oscuras del siglo XX: «Mirándose con narcisismo en el cristal del Ulla muere lentamente el castellum Honestum, la ?gran fortaleza?, que la llamó Al Edrisi, geógrafo árabe del siglo XII». Lo decía sobre todo porque estaban abandonadas, algo que hoy no sucede, pero el peligro que las amenaza es otro: cercadas por el puente que casi las lame, unos metros aguas abajo construyen una de esas anchas carreteras que algunos consideran indispensables pero cuya necesidad es, como mínimo, cuestionable, y este trozo de Galicia bonita va a dejar de serlo.
Resulta difícil pensar que Alfonso V, constructor de las torres en su primitiva versión con el fin de convertirlas en baluarte que defendiera el paso a Santiago, estaría de acuerdo con las obras modernas. Quizás desde el más allá comparta esa opinión el obispo Cresconio, que mejoró el entorno, y el gran Gelmírez, quien ordenó entre otras cosas erguir una torre más alta para que se divisaran a tiempo las velas de los hombres del norte. Y sin duda el licenciado Molina compararía tanto asfalto con las cadenas de hierro que, aseguraba en sus escritos, se extendían de una orilla a otra para evitar que las embarcaciones pusieran proa a Iria Flavia.
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