Afectados por los fuegos denuncian que siguen rodeados de combustible
En Dorna (Cotobade), la huella del verano del 2006 se ve con facilidad. Cientos de estacas blancas, árboles que no volverán a rebrotar dan testimonio del infierno en el que murieron dos mujeres. En una de las casas que vio cómo el fuego se plantaba frente a la puerta, la propietaria asegura que el monte está ahora «moito peor que daquela. Deus queira que non arda». El monte ha recuperado toda su maleza y su capacidad para alimentar un incendio es más que evidente. Al fin y al cabo, en esa zona los bomberos no llegaron aquella tarde. Y mucho menos a la última casa de la aldea, que, como muchas otras, tuvieron que pelear con sus medios contra el fuego porque ningún coche motobomba hubiera podido llegar nunca (ni aún hoy) hasta allí.
Un recorrido por algunas de las zonas donde se vivieron los momentos más dramáticos de aquel verano demuestra que el monte dispone del combustible suficiente como para hacer vivir en la angustia a quienes padecieron más de cerca aquellos fuegos pavorosos. Guadalupe es otra de las que no se olvida de aquellos días. Imposible: «Cada noche me acuesto con miedo de morir quemada», admite. Y tiene sus razones. Los eucaliptos de 20 metros que se quemaron entonces frente a su vivienda, en la falda del Xiabre (Vilagarcía), siguen vivos y la maleza entre las parcelas circundantes es para ella como una bomba de relojería: «Ya hemos puesto dos denuncias ante la Xunta. Pero nada ha cambiado».
Cerca de allí, el bodeguero Marcos Barros ha hecho lo propio: denunciar. Pero el paso no le ha servido de nada. Los árboles de la finca colindante vuelan sobre la plantación de albariño y la vegetación empuja el muro de obra que separa las dos propiedades. «No me lo explico -dice-, cómo han podido revivir estos árboles y cómo lo han hecho tan rápido». Marcos vivió una noche de fuego para defender su negocio y, de hecho, la última frontera antes de que las llamas se precipitaran hacia las afueras del pueblo: «Yo pensaba que después de aquello habría una reacción, que se pondrían las bases para que no volviera a ocurrir. Pero ya se ve que no ha sido así». Marcos, con todo, vive la situación con menos angustia que su vecina. «Si fuimos capaces de apagar aquel fuego, nos sentimos capaces de apagar cualquiera».
Testimonios similares se encuentran en otras zonas, como la urbanización Aldea Nova de Ames, cercada por el fuego en el 2006 y hoy de nuevo imbricada en medio de una zona de monte sin desbrozar y con buena parte de los árboles que se quemaron hace tres años sin arrancar: «El riesgo sigue ahí, ya lo ve usted», comenta un vecino de la urbanización mientras pasea unos perros. «Aquí todo se deja al albedrío de la madre Naturaleza», resume mientras se encoge de hombros.
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