Un texto que se remonta al siglo XVIII asegura que la isla era rica en leña, algo que hoy nadie afirmaría puesto que las especies arbóreas son pocas y escasas en ejemplares
Una serpiente enorme. Eslo que parece Ons cuando el barco deja atrás la localidad pontevedresa de Portonovo y enfila hacia mar abierto. Cierto que muy abierto tampoco es, pero los de tierra adentro viven la travesía de media hora como si cruzaran el Atlántico, y esa alegría se contagia a todos los del barco. Las islas, desde el punto administrativo pertenecientes al municipio de Bueu, son dos, pero, como todo el mundo sabe que desembarcará en Ons, a Onza u Onceta nadie le hace demasiado caso fuera del par de halagos a su indiscutible belleza. Ese es su signo: permanecer olvidada, lo cual quiere decir totalmente virgen. Una joya de la naturaleza que hay que conformarse con admirar desde su hermana mayor cuando el visitante se llega a la zona del Burato do Inferno.
Ons sufre una presión humana exagerada durante un puñado de días. En el estío, porque durante el resto del año se halla casi -en ocasiones, totalmente- deshabitada. Desde hace décadas aparecen rutinariamente por allí grupos de jipis, pero ni ellos ni los turistas de ida y vuelta han modificado el paisaje. Y como continúa vivo un viejo contencioso sobre la propiedad, tampoco se construye, por lo que los nudistas encaminan sus pasos hacia la playa de Melide, los amigos de poner un pie delante del otro visitan el faro aunque no van a poder entrar y los aficionados a la historia prefieren visitar uno de los dos castros sin excavar, el primero en dirección contrario a donde está Onza y el segundo y más ampuloso en el otro sentido, pasados la iglesia y el cementerio.
Claro que las cosas no fueron siempre así. Un texto del siglo XVIII lo dice tan claro que lo mejor es reproducirlo: «La isla de Ons puede habitarse muy bien y consta haber estado antiguamente poblada, y pues aún hoy se reconocen vestigios de un convento que estuvo allí fundado y se abandonó por las repetidas invasiones de moros». El enclave se definía y se define como excelente para quienes gusten de llevar una vida emuladora de la de los ermitaños: «Tiene muchas fuentes de agua y muy buena, produce leña, y si se cultivase tiene campos a propósito para cualesquiera frutos, y terrenos admirables para plantíos. Abunda de conejos, y de buenos pastos, y efectivamente llevan para este efecto los ganados de la costa, que se embarcan en Portonovo».
Si a todo eso se suma que «las costas de ambas islas producen mucho pescado», la circunferencia está cerrada. Y hasta dan ganas de irse a tomar la típica caldeirada de pulpo. Para chuparse los dedos.
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