El sur de A Illa de Arousa contempló, feliz e impoluto, cómo el norte era devorado por un urbanismo imparable
Si la tierra tuviese sentimientos, seguro que la parte sur de A Illa de Arousa reventaría de felicidad por haberse librado de calles y edificios que saturan el norte, alguno de gran lujo destinado, dicen, a personajes del mundo de la política (lo cual no tiene nada de malo, conste). Así, ese sur quedó convertido en un muy grato parque natural que recibe el nombre de O Carreirón. O sea, y aUn a riesgo de repetirse, otro de los paraísos que todo gallego debería conocer.
O Carreirón se intuye cuando se entra en el puente que ahora une A Illa con el continente. Antes las cosas eran distintas, y dicen los isleños que cualquier tiempo pasado fue peor. Antes se iba en la cubierta de un barco que partía de Vilanova de Arousa cargado con algún guiri, turistas solitarios amantes de la incomodidad, sacos de esto y de aquello, ladrillos, bombonas de butano, alimentos y cosas por el estilo. O sea, de todo, porque de todo hacía falta, así, sin más.
Y en aquellos años en que estuvo por allí reflexionando sus teorías ese buen pedagogo como otros tantos de Galicia, que no pasará a la posteridad aunque se lo merezca y que se llama Santiago Carballido («Son de Rianxo»), había que ir andando por una pista algo infernal hasta el sur, donde sencillamente no había nada de nada. O sea, un buen lugar para el pedagogo y sus dos acompañantes, que «dieron a luz» una unidad didáctica sobre una materia entonces inexistente y que muchos creían que eran pamplinas cuando no un signo de peligroso desviacionismo educativo: el medio ambiente.
Hoy, cruzado el puente que da acceso a la primera de las playas, la de O Bao, se gira a la izquierda y el asfalto es ancho. Se bifurca, y se vaya a los dos cámpings (izquierda) o al molino de mareas (derecha) se acaba en sendas rotondas.
Por suerte, porque el hecho de que los vehículos no puedan pasar ha convertido a O Carreirón en un lugar seguro para ir con niños, tranquilo para cualquiera, con sus playas esperando. No es mentira alguna el afirmar que en el estío hay que mejorar la limpieza, que tampoco es un desastre, pero la norma número uno es, sin duda, llevarse de vuelta lo mismo que se transportaba a la ida, envases incluidos.
«É o anaco da costa galega que mellor se conserva», dice una de las mariscadoras que llega con almeja. ¿Quién le niega la razón?
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